Seguidores, bienvenidos. Preparados que la función va a comenzar...

domingo, 11 de octubre de 2009

ABRIL SIN ALBA


Todo falta, no es necesaria la prosa
y mucho menos el verso.
Darle sentido a las palabras
que, huecas, explotan por el aire.
Lucecillas tenues que se extinguen
al leve roce del vacío labio.
Manecillas en reversa que se deprimen
por ir en un sentido que disgusta,
como las ideas burdas
que vagan en las paredes del alma.
¡Cuando hay alma, claro está!
A veces falta todo,
mirar niñas desnudas
donde sólo existen las quimeras perdidas.
Quejidos vanos porque todo es "vano".

Que nos oprime el celo,
vocablos brutos, los de siempre, los que no cambian,
experimentar la nada de la "nada" misma.
No entender de qué se trata la mañana
ni el azul ni la espuma ni la tarde
cuando el mar se hace polvo con abril.

Dedos que provocan y advierten el asco
y desaparecen con la música.
Adolescentes solos que se van
al emborracharse el alba.
El alba sin sueños.

Que a veces todo falta.
La sonrisa de un herido
al ir haciendo surcos con los dientes
por un ranúnculo camino.
Carne que se disloca con el cincelazo
de mi acento, cuando todo falta.




Por Sergio Iván Ramírez Huerta



viernes, 2 de octubre de 2009

02 DE OCTUBRE "SÍ SE OLVIDA"

Como no había hombres inteligentes,
a mi papá lo hicieron alcalde.
-Dicho popular-


No estoy en contra de aquellos punketos, rancheros, darketos, pandilleros, chichinflas y malasfachas, mucho menos en esa manía o maña de hacer una gran fiesta acompañada de escándalo y destrozos ¡vamos! Una imitación de Avándaro teniendo como público a veinte o treinta personas previamente drogadas con aspirina y refresco, escuchando de igual manera en una grabadora a The Doors, Led Zeppelin, Alex Lora, Los Huracanes del Norte, Timbiriche y Aniceto Molina. Lo repito: ¡No estoy en contra!, inclusive, "me viene valiendo un reberendo comino", diría mi madre.

Desafortunadamente, tenemos la costumbre de hacer fiesta por todo, sin importar el conocimiento superficial o profundo que tengamos de cualquier suceso histórico que nos competa como país. El sentimiento mexicano es una flatulencia que resuena con cualquier retortijón. Si cumple años la bandera; suspendemos clases y hacemos fiesta. Si llega la primavera; los chamacos no van a clases y hacemos fiesta. Si es el informe presidencial; dejamos cerradas las puertas de la escuela, nos ponemos a ver la T.V. y hacemos fiesta. Si la Guadalupana bajó al Tepeyac; hacemos fiesta y los escuincles se quedan igual de analfabetas.

Tengo que admitirlo: "se me olvidó el dos de octubre y qué". Nadie, creo, se puede inmutar u ofender. Por qué nadie me dice que los estudiantes asesinados no solamente en la Plaza de las Tres Culturas sino también en las calles, hogares, trabajos y demás lugares donde los hayan perseguido: FUERON UNA GENERACÍON ENGAÑADA. Sí, lo digo con mayúsculas. Los intereses eran diversos según la esfera social. Los "jodidos" siempre estarán así o peor, mientras que los acaudalados siempre tienden a elevar sus ganancias. Era fácil manipular a cien soñadores que a mil. Un joven desprovisto de ideas, jamás podía luchar contra una bayoneta calada. Eran muchos y “los inteligentes lograron salvarse”. Qué raro, sólo en México sucede eso.

Y para qué podemos recordar el dos de octubre. Algunos se podrán poner una playera con el rostro del Che Guevara o alguna frase de Simón Bolívar. Pueden tomar a la fuerza, claro está, unas cuantas unidades de trasporte público para hacer un incendio masivo. Desnudarse para salir en un canal local. Hacer una pequeña "tocada" conformada por individuos que no han acabado siquiera la secundaria. Gritar frases dizque anarquistas o hacer una marcha que inicie en "x" punto y termine frente al palacio de gobierno. Algunos podrán hacer todo lo antes señalado, sin darse cuenta que están cayendo en la misma estupidez que llevó a aquellos jóvenes y acarreados --entiéndase los que participaron en el movimiento estudiantil de 1968-- a terminar con su vida.
El gobierno de la época podemos calificarlo de despótico, ya que nunca lo vimos con nuestros propios ojos. Se pedía libertad en todos los aspectos. Fue concedida y ahora no sabemos como utilizarla. Los medios lograron su afamada "libertad de prensa" y ahora no se respeta a nuestro máximo mandatario. Los jóvenes tienen la tan perseguida "libertad" y se pueden comer el mundo a bocanadas. Tanta "libertad" ha echo de nuestro gobierno un alfeñique sin autoridad y bueno para nada. Sin disciplina no se consiguen las cosas.

¿Qué se consiguió? En apariencia nada. Las carencias van en aumento. La palabra "libertad" es tan abstracta que no se alcanzamos a comprender su significado. Si entendemos el dos de octubre como una fecha para celebrar, guardar luto o hacer homenaje a los "caídos"... cuán equivocados estamos. Respeto la ideología de todos. Ésta es la mía y espero no herir susceptibilidades.

Dejémos de manifestaciones y hagamos algo, no por el país, sino por nosotros mismos.

Y como diría el merolico que en la esquina ondea una bandera mexicana: "que no le digan y que no le cuenten, porque es mentira lo que no mira". Con su alentador letrero junto a los pies que dice: "¡Viba Méjico, cavrones!"


Por Sergio Iván Ramírez Huerta



jueves, 17 de septiembre de 2009

EL TORO DE CASI DOS METROS





Entonces quebró la taza del baño. El depósito aparecía intacto, como si un cirujano hubiera colocado el culo en la parte exacta y... ¡Vaya! Nadie era culpable. Los padres de Mariana tenían el diablo en la cara y nos miraban como se tiene que ver a los borrachos que nos insultan cuando más brutos están. "Yo no fui, pero sé quién pudo hacerlo", dije para mí. Lo mismo pudo atravesar en la mente de cada uno de nosotros mientras nos culpábamos mutuamente y en silencio. "Me lleva la que me trajo, entre todos vamos a tener que pagar ese destrozo y ya no cargo ni para el taxi. Ojalá que nomás nos corran y nos libramos de ésta. Señor que estás en el cielo, no me desampares y que nadie me aviente la piedra de la culpabilidad, porque yo no hice nada", pensé. Empezó a llover, una a una, todas las miradas sobre mí. Luego se fueron para otra persona y así sucesivamente. Con los ojos nos preguntábamos unos a otros quién pudo haber quebrado aquel retrete. Ya no había lugar pa´ ir a mear. Los hombres como sea, podíamos tirar el agua en cualquier neumático o banqueta, pero las mujeres se tendrían que amarrar la fuga. ¡Mierda! Cuando subí ya había un tiradero y pisé, sin querer o sin darme cuenta, unos mojones e hice un embarradero en todos lados. Ni modo que me levantara y dijera: "perdonen, señores padres de Marianita, yo sólo subí y ya estaba todo el desmadre. Nomás de lo que soy culpable fue del embarradero en la sala y la escalera. Lo confieso y con el permiso de ustedes me retiro". Me iba a ver demasiado miserable, ojaldra y gandaya. Todos éramos culpable o nadie lo era. Mariana no paraba de chillar y su papá tenía una cara que manifestaba un gran interés en agarrarnos a chingazos a uno por uno sin importar escolaridad, color de piel, status social, religión, edad o género. La mamá hacía lo propio mirando principalmente a las mujeres. Éramos doce, sin contar a Mariana, los que nos habíamos pasado de fiesteros. Nadie hablaba, no sé si por miedo o para no hacer más duradero aquel momento. Nada que nos corrían. Eran los cinco minutos que más han tardado en mi corta existencia. Con tragos tímidos nos terminamos la cheve que teníamos en la mano cada uno. Ya ni cigarros salieron. La música fue cortada de tajo por el dedo inquisidor de la madre. El padre, mientras recorría a todos con la vista, bufaba como toro dispuesto a matar al torero. Miró a Francisco y éste bajó la mirada. Se pasó con Toni y le dijo "ustedes qué se creen, güercos jodidos y catarros. Deberían tener güevos para arreglar el mierdero que hicieron en el baño. Ahora nadie va a ser el culpable. No valen pa´ pura...". Ahí fue donde lo interrumpí. No me gustó como le estaba gritando a Toni ya que era el más chico de todos y éste quiso hacerle a la llorona. "Mire, señor, primero una disculpa ya que no creo que lo haya echo ni Toni ni Francisco ni Claudia ni nadie de los que estamos aquí". Saqué toda mi gallardía. Me quise hacer el valiente y pa´ luego que se me pone enfrente el señor, como sucede en las películas donde los cabos le gritan a los soldados razos sin que éstos puedan contestar. "Me va a soltar un cachetadón y me va a sacar a voltear la cara. Piernas, corran como gacelas", pensé. El viejón de casi dos metros se me puso cara a cara, bueno, en realidad yo le llegaba apenas al cuello. Escupió hacia su lado derecho y me vio con ganas de masacrarme. "¿Te sientes muy picudo, puberto granoso? Ya ví que tienes los sufientes güevos para defender al mariquita de tu amigo. Ten los mismos para decirme quién fué, sino todos van a dejarme el baño como nuevo y de aquí no se van a ir limpios. ¿Me oyes?" Neta que me quedé sin habla. Nadie quería hablar. Voltié de soslayo para ver si alguien me hacía segunda y de perdida entre dos ó tres me lo quitaban de encima o cuando menos lo hacían calmarse. "Esto va a dejar de ser familiar" le dije con la mirada a Roberto que no sabía que hacer. "Ya estubo, señor, aguante vara. Yo sé quién le desmadró el cagadero. Nomás hágase pa´ allá, porque me pone nervioso", le dije. El padre se me quitó de enfrente y se colocó entre su esposa y la hija. ¿Ahora que iba a decirles? De dónde iba a sacar un culpable. Todos éramos sospechosos. Yo y mi gran bocota. Todos me volteron a ver como diciendo "No seas gacho, no digas que yo fui". Tomé aire. Fui a coger la última caguama de la hielera y le pedí a Esmeralda que me prestara su destapador. Abrí la cerveza y le di un trago de esos que jalan hondo. "Pegadores", pues, pa´ que me entiendan. Jalé aire de nuevo y dije: "La taza del baño la quebró su hija Mariana. Andaba bien peda y se fue a dar un pericazo, pa´ mí que es bien guarra y trae el chango descalabrado por alguien que la mandó a volar. Ella fue la última en subir a mear antes que yo. Me la topé en los escalones y ya venía lloriqueando. Subió a cagar y quebró todo. Ahora nos quiere echar la culpa porque es muy ojete". Todos me querían matar y los padres eran los más deseosos de hacerlo. Mis cuates no podían creer lo que yo acababa de decir y se quedaron con la bocota abierta. La verdad es que no tenia ni una vaga idea de quién pudo haber hecho aquel estrago y sólo por salir bien librado tube que meter entre las patas del caballo a Marianita. La chamaca empezó llorar con todas las ganas del mundo. Los gritos se oían bien machin "Yo no fui papi, te lo juro que yo no fui. Tampoco he tomado. Qué se cree este cretino. Dile algo papi". "P´os qué fregados te crees, inche güerco. Con mi hija no te metas. Te voy a partir toda tu mad...". Se me dejó venir el señor con los puños por delante. Le quise dar un trago más a la caguama pero opté por dejarsela ir con todas las fuerzas que me quedaban. Le di en la cabeza. "Ahora sí te va a cargar", me dijo. Corrí como alma que lleva el diablo. Desde la esquina alcancé a voltear de soslayo. Toni, Claudia, Mario, Francisco y Esmeralda me seguían. Alguien de los que iba conmigo dijo: "corre, Güey, ya lo mandaste a la fregada". No se podía ni levantar aquel torote de casi 2 metros. Lo último que alcance a ver fue su figura desplomandose y un chorrito de sangre que brotaba desde su frente. No sé ni como llegué a mi casa. No pasó ni media hora cuando ya estaban dos patrullas afuera con sus luces encendias. Nomas estuvieron dos minutos y se fueron. Los vi por la ventana. No volví a salir en dos semanas y no me volvieron a invitar, mis dizque cuates, a fiesta alguna. Y mira que yo les hice un parazo para salvarles el pellejo. Ahora que lo recuerdo me siento un héroe sin seguidores. Pero lo bailado nadie me lo quita y de eso hay testigos...




Por Sergio Iván Ramírez Huerta


sábado, 4 de julio de 2009

El silencio que trajo Yolanda



No quería beber agua, y mira que se la acababa de echar al bote. Nunca lo había visto así de desesperado. Quería saltar, ladrar, correr, aullar y sobretodo quería morderme porque me enseñaba los colmillos como diciendo "te arrancaré los oídos o quizás la nariz y labios, te dejaré a la vista la carne de la cara". En los ojos tenía el miedo asomando y le salía baba a borbotones. No sé a que le podría temer. Papá y yo acabábamos de matar las ratas enormes que se habían apoderado del patio trasero, teníamos que usar una varilla o un machete para darles muerte, ni las pedradas ni el agua hirviendo les hacian algun daño. Cuando el machete las aplacaba de uno o dos tajos, brotaba la sangre como si tuvieran la yugular de humano y ni hablar del ruido tan espantoso que hacían. Cierto que las estábamos matando pero el sonido era similar al de los recien nacidos. Pero el caso no es ese. Mi perro tenía un miedo espantoso a tomar agua. "Lobo, Lobo. No me gruñas. Mírame. Tranquilo, tranquilo. Soy yo. Lobo", le decía casi a grito tendido, pero sólo paraba las orejas como si se estuviera preparando para atacar. 'Lobo' sé que suena estúpido ponerle el nombre de otra especie, pero nunca lo pensé a fondo al bautizarlo. "Es un perro, no una persona. Tú puedes llamarlo como se te antoje" me dijo mi padre y andaba sobrio cuando lo hizo, le tomé la palabra. Pero insisto, el caso a tratar no es ese. Quizás el agua no estaba en buen estado, o el bote estaba sucio, pero aún recuerdo que salió directo de la manguera, yo tomé también y no me supo amarga ni ácida ni a cloro. Desde que falleció mi hermana todo ha cambiado. A Lobo parece que se le metió el diablo. Yo no puedo dormir por las noches, por consiguiente tengo que hacerlo durante el día. Hasta la fecha mi padre no ha querido hablar de Yolanda (mi hermana), ha suspendido la compra del periódico y la tele casi no se prende en todo el día. Nada de noticias. He perdido muchos amigos y dentro de la casa se respira aire pesado, apestoso, negro. He sentido que alguien se me queda viendo a la espalda, me detengo, miro de soslayo y no hay nada ni nadie. Ayer me pareció mirar una sombra, como un vientecito, como una mujer que se fue volando. Me quedé sin habla. Igual estube frente a Lobo durante casi cinco o diez minutos, quizás fue más tiempo. No lo recuerdo bien. Él parecía un loco. De pronto se paró en dos patas y empezó a caminar como si fuera un hombre. Quise correr pero sus colmillos aún asomaban al demonio. Me quedé frío. Quise llorar, correr, gritar..., quise hacer mil cosas pero ni siquiera mis dedos respondían, mucho menos mi boca. Papá no estaba en casa, de otra forma pude haberle llamado y éste habría traído el machete o la varilla, aún con sangre negruzca pegada. No hubiésemos matado a Lobo, claro está, aunque él tubiera los ojos, la piel o la cola del diablo. Le habríamos metido un susto. Cuando nos miraba matar ratas se la pasó aullando y no nos quitaba la vista de encima. No puedo decir que perro y ratas fueran amigos ni nada por el estilo, de echo en cierta ocasión Lobo amaneció todo mordisqueado, parecía que lo habían quemado vivo, lo extraño es que no escuchamos que se quejara durante la noche y madrugada. La carne se le veía roja, negra, morada, verde y tenía pus, mucha pus, nunca vi tanta pus en un animal. Lo inyectamos con antibióticos y le echamos una pomada que nos dió el veterinario. Se recuperó en tres días, elpelo le salió de repente, estaba, parecía tener pelaje de caballo pues era muy grueso y limpio, hasta en la oscuridad le brillaba. Era muy bonito. Pero no sé porqué me desvío del tema: Lobo no quería beber agua. Le temía como si ésta fuera lumbre. Me desconocía y yo también lo desconocía a él. Los gruñidos fueron en aumento. La lengua, su lengua claro, tenía un tono grisaceo como los ostiones. La mirada, esa mirada nunca la olvidaré, fue como si en realidad me estuvieran observando todas las víboras del mundo. Si Yolanda hubiera estado presente, juro por Dios que nada hubiera pasado. Ella me lo hubiera quitado de ensima "tu eres mis ojos, nunca te dejo solo, yo te cuido" parece como si la estuviera oyendo en mi oído, despacito, tierna, llorando. Los gruñidos y ladridos se confunden, es como el sonido que hacían las ratas al ser atravezadas por la varilla más mis gritos más los quejidos de Yolanda cuando estaba con su novio en el cuarto de ella, previamente cerrado por dentro. Todo daba como resultado un sonido espantoso. Los colmillos se entierran en la carne y no se siente nada, sólo un chorrito caliente que emana desde adentro. Lobo es más alto que yo, creció de repente, cuando se puso en dos patas me sobrepasó por mucho. La sangre, mía por supuesto, me cegó. Despues del dolor no hay nada, sólo el sueño y ahí es donde nacen las palabras que nunca salen de la garganta, claro, si aún hay una garganta "Lobo, Lobo. Soy yo. Te hablo. Lobo, porqué no me reconoces. Ya no hay ratas. Yolanda ahí viene, ahí está y te habla. Quítate. Me duele. Lobo, te habla Yolanda. Papá, papá. Quítame a lobo. Échenle el agua encima". Palabras que se pierden con la claridad del miedo, y el miedo luego sale huyendo para perderse en la oscuridad.




POR SERGIO IVAN RAMIREZ HUERTA

lunes, 15 de junio de 2009

EL RABIOSO





El hombre entró a la veterinaria tirando fuertemente de la correa que llevaba puesta su perro. Tuvo que detener la puerta con un pie mientras hacía fuerza por acercar al animal. Una vez dentro del local, el hombre, sacó un papel de la cartera y se dirigió directamente con la única mujer que atendía.
—Señorita, quiero que me devuelva los 800 pesos que pagué por este Pitt Bull. Al pasar de los días, me he dado cuenta de que no es lo suficientemente bravo como yo esperaba —dijo el hombre.
—Lo siento. Va a tener que esperar a que llegue el veterinario para que cheque al animalito. No podemos devolverle el dinero. Le ofrecemos a otra mascota que cubra lo que pagó usted —respondió la mujer.
—No puede ser, señorita, aún recuerdo lo que me dijo cuando vine muy interesado en adquirir alguna mascota salvaje: “llévelo, es un buen vigilante. Por las noches nadie se meterá a su casa. Desconoce y hasta puede matar a una persona si se le antoja”. Yo le tomé la palabra pensando que me llevaba un asesino en cuatro patas, pero nada de eso ha ocurrido.
La mujer se quedó pensativa un momento mientras los ojos de aquel hombre se clavaban en los suyos esperando alguna respuesta que satisficiera lo que andaba buscando. Ella no decía nada. Escondía la mirada pues no tenía ninguna respuesta que dar. Nunca llegaban clientes a devolver sus animales. Cada persona que salía del lugar se iba muy satisfecha por la compra que había realizado y nunca regresaba si no era para alguna consulta o comprar medicamento o comida.
—Mire, señorita, voy a ser franco —dijo después de unos minutos—. Yo ando buscando un perro que tenga espuma en la boca, los ojos rojos y mucha inquietud por morder, vamos, que tenga rabia. Lo compraré a buen precio. Quiero que ataque a alguien.
—A los perros que les da esa enfermedad los llevan a la perrera para que ella se encargaue del asunto. Ese tipo de animales los puede encontrar en la calle o en algún otro lado, señor. Pueden ser un peligro para sus hijos —dijo la mujer.
—No tengo niños. Solo quiero un perro bravo para dárselo a mi esposa. Ella me hizo algo hace un buen tiempo que yo, como hombre, no estoy dispuesto a olvidar. Yo les prometí a algunos amigos que me vengaría de alguna forma. Imagínese usted, señorita, como voy a quedar en caso de que no cumpla. “Aparte de cornudo, es un pendejo y un mentiroso”, van a decir. Imagínese donde va a quedar mi honra —dijo y apretó el puño que mantenía la correa—. Tampoco quiero matarla, para eso hubiera comprado una pistola o le pagaría a alguien.
Nuevamente la mujer no atinó a decir nada. Todo el local se quedó en silencio como si los demás animales sí hubieran entendido la frustración de aquel hombre y se hubieran callado para seguir escuchándolo.
—Por eso me urge, señorita. Este perro que me vendió sólo ataca a otros perros. Lo he dejado en el sol todo el día. Le he dado de comer chile. Lo he topado con otros de su raza y nada que se atreve a morder a mi esposa. ¿Cree usted que hice una buena compra? He derrochado mi dinero. En todo caso hubiera comprado un loro para platicar como lo estoy haciendo con usted. Ya no soporto las burlas de vecinos y amigos. Póngase en mi lugar, señorita. Cuando me dirijo a cualquier parte, incluso ahora que venía para acá, escuchaba como murmuraban y me dirigían miradas de burla. ¡Dígame dónde puedo conseguir lo que busco! —dijo casi gritando.
La mujer se quedó callada pues no sabía de algún lugar que vendiera perros o cualquier otro animal con rabia. Se puso nerviosa. Esperaba que entrara el veterinario o un cliente o cualquier persona para ir a atenderlo y pensar más detenidamente en alguna respuesta. El señor también se empezó a desesperar. Empezó a estirar al perro y éste hacía sonidos como si se estuviera ahogando. Luego le empezó a dar leves golpes en el hocico y a estirarle las orejas.
—Señorita, señorita. Le estoy hablando. Le pido por favor que no me ignore y haga algo que pueda servirme de ayuda.
—Ya le mencioné que no puedo hacer nada sino darle otro animal que cubra el monto que pagó por el perro. Le repito. Si gusta esperar al veterinario para que le de alguna solución diferente.
—Veo que no se puede confiar en las mujeres —dijo el hombre mientras acercó al perro.
La mujer empezó a caminar hacia atrás mientras el hombre la seguía con la mirada. De pronto tomó de la cabeza al perro y le soltó la correa. Instintivamente, el animal, se abalanzó sobre la mujer y la tiró. La mordía en los brazos, las piernas, la cara o cualquier otro lugar que estuviera al alcance. Los gritos de ella se confundían con el que hacían los pájaros y los cachorros que estaban enjaulados. Pasaron solo dos minutos que a ella le parecieron una eternidad. El hombre retiró al perro de entre un charco de sangre. Le puso la correa y salió del lugar como si fuera cualquier otro cliente.



La mañana del siguiente día, el hombre, se dirigió a comprar el periódico. Llegó a su casa y lo comenzó a leer. Se detuvo en la sección policiaca. El encabezado de la nota principal decía: “Furioso perro ataca hasta dar muerte a empleada de una veterinaria”. “Pinche perro. Nomás cuando quiere ataca. Si así fuera siempre. Lástima que mi mujer no es empleada de alguna tienda de mascotas. Voy a ir con mi madre a contarle mis problemas maritales, ella siempre tiene una respuesta, lástima que viva tan sola”, decía entre dientes mientras ponía atención a lo que venía en la nota. Voltió a ver al perro que se asoleaba en el patio. Soltó el periódico y se acercó al animal para darle unos golpecillos en el hocico y estirarle la cola, le puso la pechera con todo y correa. “Bien, cabrón, sólo te falta entrenamiento”, le dijo al perro y luego salió.
—Vieja, al rato vengo. Voy a visitar a mi madre. No creo tardarme tanto—fue lo último que dijo.




Por Sergio Iván Ramírez

lunes, 11 de mayo de 2009

EL EQUILIBRISTA



Helada noche de abril
la tercera función
su algarabía callaba.

Era un hombre en un hilo
que detenía miradas,
luciérnagas de una caja
en rueda lo envuelven,
todos miran y nadie habla
mientras el hombre
dibuja el miedo en el aire
y fríos, los rostros miran
piruetas y caracoles.

El actor del equilibrio
en su escenario de alambre
un juego triste inventa:
dará mil pasos sin vara,
con los ojos tapados
y con el alma muerta.

En el aire de suspenso
risas al olvido pasan.
Palcos, gradas y plateas
sus aplausos enmudecen
mientras el caminante
allá va, ciego y tonto,
mitad cielo, mitad suelo
que el vértigo alimenta.

Mientras detiene el tiempo
de nada pende.
Paso a paso lento viene
por el filamento hiriente.
¿Qué tiene, qué tiene?
Se para inconsciente.

Cual broma del viento
el ave doblas sus alas.
Los cascabeles callan.
La oropéndola humana
de la nube se avienta.
Canto y llanto contrastan,
los latidos se detienen.
Un fantasma lo persigue,
volando en picada avanza.
Los aplausos apagados
por un fuerte golpe,
y corre el vocerío
que en círculo se planta.

La tragedia al fin lo alcanza,
el pájaro no hace ruido,
se detiene el espectáculo.
Ahí es cuando abril se apaga.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta