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viernes, 12 de junio de 2026

martes, 13 de diciembre de 2022

A nada del habla (Para mi tío Tino)

Llegó con el costado ferreo de madera
un múltiple castaño que ennegrece la acera,
con los brazos débiles calzando la playera
sacude su cuerpo y se arranca la cabellera.

No dijo palabras en la tarde nacarada
pensando ver un Argos con su vista cegada
se durmió con hambre, entre las olas y la nada
en una pena que lleva en el alma clavada.

Se acuesta con almohadas de sal y arenas
esperando un Morfeo con canto de sirenas,
que le despoje los pensamientos de cadenas
y lo cubran con cobijas de tierra y azucenas.

Se le trabó el habla y se durmió en el mar desnudo,
su corazón es un reloj que se queda mudo.
Un anhelo, un llanto, un sueño y el grito tozudo
de un instante que nos deja en la garganta un nudo.

Autor Sergio Iván Ramírez Huerta


miércoles, 31 de agosto de 2016

ECO, ENAMORADA






Eco, enamorada de Narciso, buscaba al joven que en algún momento entró al estanque. Ella estaba preparada y dispuesta. Anhelaba un alma que le partiera el cuerpo, una especie de ὀργασμός, como incitación al primer éxtasis. "Narciso", una voz que le recorría en reiteradas ocasiones. Una voz repetida, sonora, triste y sin contestación. Recorrió con la vista el lugar, lo buscó en el borde del agua y en el centro, irónicamente hermosa. Un resquicio de hombre se alejaba en lo más profundo de un beso.  Se quedó absorta, se le cayó la sombra y se convirtió en reflejo, intentó hablar y le escaparon sonidos huecos, viejos, incapaces de decir algo. "Narciso, no te vayas. Quédate a mi lado... a mi lado, deshojando flores blancas... blancas, como las que empiezan a crecer en la orilla... en la orilla." 


Sergio Iván Ramírez Huerta




miércoles, 28 de octubre de 2015

LA TIA OLGA




—Hoy cumple un año que se murió mi tía Olga, m´hijo. Pinche vieja solterona y ridícula. Desde que la conocí me cayó como patada en la panza. Con su carita de “yo no rompo un plato” tenía a toda la familia de tu padre consintiéndola y eso que era la más verijona. Que bueno que en la mía no hay de “esas”.
Sí. Ya sé que tú la vas a defender pues te tenía bien mimado. Decías que era muy buena ya que cuando andaba media entonada, te abrazaba y te daba dinero y hasta decía que eras su sobrino favorito. ¡Uta madre! Eso mismo le decía a tu primo Betito o al Juancho o al primero que agarrara. Era muy mentirosa, m´hijo. A lo mejor por eso nunca se casó porque fea no era. Salió re buena pa´ la mentira.
Una vez llevó a un muchacho a comer a la casa de tu abuela, que en paz descanse también. Era un pretendiente y no se veía ni tan jodido ni tan pior. Se sentaron a la mesa y tu tía arrimó como tres tenedores, cuatro cucharas y dos cuchillos por plato, acá como al estilo francés.
Tu abuela hizo de comer albóndigas y pa´ luego las sirvió. La Olga probó la comida y que se agarra a hablar en inglés, según ella “than exquisite food, liked you?”. El muchacho no dijo nada ni pio siquiera. No le entendió ni madres y yo tampoco. Apuesto a que Olga, que es la más indiada de todos, no supo ni lo que dijo. Tu abuela se puso colorada de la vergüenza, nomás pelaba los ojos y arrimaba la sal, luego una silla y la salsa y otro plato. No le atinaba a lo que aquella seguía diciendo: “I love Mother” y puras de esas.
Yo quería soltar la carcajada pero me aguanté por respeto a la familia de tu padre. Ya encerrada en el cuarto estallé en carcajadas y del muchacho aquel nunca se volvió a saber. No. Tu tía se pasaba de lanza a veces. Los domingos nunca faltaba a la misa de once. Iba a esa hora no porque no se levantara más temprano, sino que había más hombres y era lo que buscaba la cabrona. Siempre iba bien bañadita y perfumada, con faldas hasta la rodilla, zapato de tacón alto y maquillada como si fuera a una fiesta.
De religión no sabía ni un pelo pero pa´l despiste se llevaba su Biblia, claro, era de las últimas en llegar a la iglesia y se iba hasta adelante pa´ que todos la vieran. Ni el nombre que tenía le gustaba y mucho menos los apellidos. Cuando andaba en la calle pasaba de ser Olga Ramírez Guajardo a María Fernanda Velazco. No está tan acá el nombrecito pero al decirlo se henchía como pavorreal.
Ella afirmaba que vivió durante mucho tiempo en Los Ángeles o San Diego, no recuerdo bien, pero era una de esas ciudades gabachas repletas de mexicanos. A las visitas les presumía su colección de tazas y llaveritos de todo México: “que éste me lo regaló Zutano, cuando fuimos a vacacionar a Querétaro; que este otro, Perengano, cuando visitamos la pirámide de la luna; que éste más me lo dio el presidente municipal de quién sabe dónde”... Puras mentiras.
Yo la caché varias veces comprando esos “recuerditos” en el tianguis. Lo peor del caso es que la gente le creía y la tenían como una mujer de mundo. La verdad es que nunca salió del pichurriento pueblo bicicletero donde vivía. Nunca se casó. ¡Cabrona!
A veces hasta he llegado a pensar que era la mujer más feliz del mundo porque nunca tuvo que batallar con los chamacos y la pansa de gelatina que te dejan ni con el marido que no quiere meter la cuchara en la gelatina por las noches, ni soportar a la suegra ni hacer talacha de la casa. Era la princesa de tu abuela y la servía en todo, una especie de Gordolfa Gelatina y Doña Naborita.
Lo que nunca pensó fue que la viejilla se iba a ir primero al pozo y como la pendeja de Olga no sabía hacer ni madre, pues lueguito estiró la pata.

Pero bueno, mejor le paro si no capaz que se me aparece por andar de mamona. Si Dios fuera tan bondadoso me hubiera puesto en su lugar y a ella en el mío para que viera la chinga que me estoy llevando. Ni veladoras le voy a prender, para ver si se toma la molestia de andar penando siquiera. ¡Cabrona! 

POR SERGIO IVÁN RAMÍREZ HUERTA


domingo, 20 de septiembre de 2015

CIVILIZACION Y BARBARIE


(LO SIGUIENTE SURGE A PARTIR DE LA LECTURA DE LA OBRA "EL FACUNDO" DE DOMINGO F. SARMIENTO)


La civilización y el progreso se dan a cambio de que los hombres se encuentren reunidos en círculos numerosos. Gracias a las concentraciones urbanas, el ser humano puede obtener una educación común y participar en la democracia al relacionarse con otros hombres. Para el formato de esta clase de individuos se debe partir desde la educación moderna y las disciplinas que albergan las Bellas Artes.

La visualización de una futura República requiere de un factor muy importante: la inmigración europea para poblar la geografía argentina y sacrificar la existencia del indio o gaucho al que se le apropiaba el calificativo de "salvaje". Si no se llegaban a estas medidas, se podía caer en la amenaza de un Estado totalmente Bárbaro.

Al acabar con el gaucho y tomarlo como un ser primitivo y bruto, se daba fin al peso histórico que cargaba. Sería socialmente superado por el progreso y se entiende sobremanera que el precio a pagar es demasiado costoso por un supuesto paraíso liberal.

Pienso que la verdadera civilización sigue siendo un anhelado sueño y se ha de encontrar sólo mirando hacia el pasado y tomando como base los primeros pueblos, mismos que engloban la verdadera identidad. los tiempos cambian y "la naturaleza" sigue siendo el factor indispensable al cual debemos adaptarnos.

(Sarmiento, Domingo Faustino. Facundo. UNAN. Colección "Nuestros Clásicos". México. 1957. Pp 238)

                        Por Sergio Iván Ramírez Huerta

martes, 9 de octubre de 2012

LÍRICA DE SALIVA




También miró de reojo, a través de la ventana,
 al patio, queestaba ahora abandonado y en silencio.
El solbrillaba afuera. De cuando en cuando, llegaban
voces de otros salones de clase y ruidos de
carretas que pasaban por la calle.
(Paco Yunque, Cesar Vallejo)


El niño Mauricio Ferriño caminaba de un lado a otro con pasos paquidérmicos, la boca abierta pelando los dientes y con algo de masilla en las encías. La hora del recreo empezaba y se le hacían pesados los treinta minutos que duraba aquel.
En la lonchera sólo estaban, intactos, el paquete de galletas azucaradas y la botella de agua que su madre le había dado para que desayunara. No traía ninguna moneda para comprar algo en la tienda del colegio, pero ni falta hacía, ya que nunca atravesaba el patio. La última vez que lo había hecho, el niño Javier, que se sentaba en su misma fila y era hijo de la maestra regañona, lo había hecho tropezar al meterle intencionalmente el pie.
El lugar de Mauricio estaba fuera del salón, caminando de un lado a otro como tren averiado. Solo en su mundo. Aislado. Dando diez pasos, media vuelta, otros diez pasos y repitiendo la misma rutina una y otra vez. La saliva le llegaba ahora a la barbilla y comenzaba a caer al piso. De pronto, se detuvo a ver mariposas imaginarias y figuras en las nubes para, como por arte de una fuerza interna, estallar en una risa gutural, luego reanudaba su andar entorpecido por las agujetas desamarradas, mas no caía. Caminaba pelando los dientes.
Escondido a la vista de todos los maestros, el niño Javier, atravezó el patio en busca de Ferriño, se colocó casi enfrente de él e hizo una mueca de desagrado, como si se hubiera acercado a una letrina.
--Te hice unos versos, Mauricio, escúchalos y dime qué te parecen. Lo hice ahorita que te vi:

Ya hizo caminito,
Ferriño el mongolito,
va por su sendero,
torpe como un cordero.

Mauricio sólo atinó a mostrar una sonrisa dientona y babeante, como si aquellas palabras no llegaron jamás a sus oídos, en cambio, el aire las hubiera transformado en oraciones amorosas que le decía su madre todas la mañanas al dejarlo “te quiero mucho, hijo, eres lo que más amo en la vida”, “¡Bendito sea Dios por mandarme a un hijo como tú!”, “si alguien te hace algo, Dios se lo multiplicará”…
                Javier, cada que componía una estrofa a su raquítico e hiriente poema que tenía como musa inspiradora la presencia escuálida y apelmazada de Mauricio Ferriño, explotaba en carcajadas para cimentar  los versos y causar más efecto en el escucha.
                El poeta escolar volteó para todos lados tratando de buscar la mirada de algún maestro que pudiera pillarlo, pero todos platicaban gustosos y risueños en cafetería, aprovechando el tiempo sin alumnos que atender. Al sentirse seguro, en el casi anonimato, Javier conjuró su nueva creación lírica.
--Escucha este otro, lo hice nuevamente pensando en tí:

Su caminar es denso,
vean a este pobre niño,
es Mauricio Ferriño
que anda como menso.
Nuevamente Mauri sólo mostró sus dientes en señal de sonrisa para dejar fluir más saliva por su ya inundada barbilla hasta su camisa empapada del cuello.
El recreo parecía detenerse en los dos niños. Sus risas los denotaban; feliz y satírico uno, incongruente el otro. Cada segundo se diluía en la mirada de Mauricio como si observara nubes y sombras, casi de inmediato, era vuelto a la realidad por un estirón de cabellos que le daba Javier “ya despierta, no sigas sonámbulo, niño perdido. Eres un monstruo de la naturaleza”.  Mauricio jamás hablaba, a menos que fuera sumamente necesario, como si una fuerza inexplicable y muy dentro de su ser hablara por él.  Ante el estirón de greñas, los ojitos de Mauricio comenzaron a ponerse vidriosos.
--No llores, no llores, no duele. Pareces niña --murmuraba el agresor--, mejor escucha este otro poema que se me acaba de ocurrir al verte:

Mauricio, de idiota tienes cara,
aunque seas mi compañero,
de idiota tienes cara
y por eso te pateo el trasero.

(Al finalizar, con mucha fuerza daba un puntapié a su víctima
en la parte señalada en el verso)

Entonces se terminaban las risas babeantes para dar paso al llanto, Javier aprovechó para huir a toda prisa antes de ser visto por alguno de los maestros que tenían un barullo en la cafetería.
Ya desde lejos, el poeta divisaba al conjunto de niños y alguno que otro profesor reunirse en torno a Ferriño y su llanto desgarrador y lastimero que inundaba todo el patio. Pronto la muchedumbre se hizo más y más numerosa. Las lágrimas del pequeño no cesaban. Sin ser notado, Javier llegó y se puso al frente de la masa, como si el acontecimiento le fuera totalmente sorpresivo. Tomó a Mauricio de la mano y con voz cariñosa le dijo:
-- Qué tienes, quién te ha lastimado, amigo, habla.

 Mauricio soltó un largo y ensordecedor lamento. Se hizo el silencio y de su garganta salieron algunas palabras igualmente dolorosas:

--Quiero a mi mamá. Me quiero ir con mi mamá…




POR SERGIO IVÁN RAMÍREZ HUERTA

martes, 4 de septiembre de 2012

EL HOMBRE PEZ














..............A los niños que por sentirse hombres
..............
van a buscar, diario, sirenas al mar
..............
sin pensar que éste no duerme.
..............
A mis primos.



Justo ahora que volteo hacia arriba
me doy cuanta de un sinnúmero de cosas
y no me queda de otra mas que callar.
Me doy cuanta que todas las estrellas
cayeron del cielo y se las comió el mar.
Los caracoles en el fondo saben algo
y callan, como yo,
van despacio como los trovadores
al hacer el amor,
saben de poesía como pegarse a los veleros
que les arrebata el sueño a media noche
mientras cae el sereno acompañado de insomnio.

Mientras miro hacia arriba
me percato que de cuello sólo me quedan agallas
y de las costillas me brotan aletas.
La respiración se me corta
de tajo y los ojos me hacen ver agua (verde, por cierto),
cuan solo atraviesa el mundo ante mis pupilas.
Hilos azules me conducen a placer.
Podría arrancar mi vientre a mordidas
como lo hacen los perros
al mirar, lagañosos, mil fantasmas en la oscuridad.

¿Cómo serán los orgasmos al caer la tarde?
Ahora que volteo hacia arriba, las letras
se acomodan haciendo versos en las olas
como si fuese tan fácil robar sonrisas al tiempo.
¡Y mira que me está saliendo cola!,
ya no aguanto la piel salada,
rojas, vidriosas, miro las siluetas al pasar
arrojando pregones que disimula el viento.

Ahora que volteo hacia arriba
tengo que callar como los pescadores en altamar,
¡y éste nunca se hace viejo ni tampoco duerme!
Ahora que volteo hacia arriba podría gritarlo todo,
pero sólo me resta callar y mirar.



AUTOR SERGIO IVÁN RAMÍREZ HUERTA





jueves, 19 de julio de 2012

EL LIBRO ABIERTO



Entré a la biblioteca y me empezaron a sudar las manos, ese fue el primer síntoma. Los ojos se me movían de un lado a otro tratando de encontrar un título que nunca antes imaginé ni pensé encontrar, es más, ni siquiera traía ganas de leer en ese momento. ¡Cómo carajos voy a saber qué leer si mi intención únicamente era visitar aquel recinto para recordar mi niñez! Cada pie quería dirigirse a su lado, ya retrocedía, luego avanzaba y buscaba algo en los anaqueles, enseguida me pasaba a otro y la operación era la misma, anaquel tras anaquel, en cada uno tardaba de cuatro a cinco minutos en revisar las seis hileras de ejemplares. Parecía un animal buscando su presa. El sudor bajaba de mi frente y la camisa empezó a humedecerse del pecho y la espalda. "Dónde estás, dónde estás", una voz en mi cabeza, "dónde estás, dónde estás". Mi labio inferior empezó a temblar y supe que nada andaba bien.

A su derecha están los de estadística, historia, religión, física aplicada y lenguas extranjeras, joven  dijo la anciana. Aunque si lo que quiere es algo de geografía, lógica, novelas, química, derecho..., todos esos están en la planta alta. Si busca uno en especial, ahí está el fichero.




Esa voz me era familiar y chocaba con lo que hacía hueco en mi mente "dónde estás...". Me limité a no contestar y seguir buscando por mi propia cuenta sin ayuda de nada ni de nadie. Cada libro, cada portada, cada título, cada tomo... Los visitantes, al verme cerca de ellos, se iban retirando uno a uno. Me empezaba a quedar solo y eso en una biblioteca tan grande no es bueno. De pronto llegué a la sección titulada "Grandes cuentistas de la literatura universal". Mi corazón empezó a latir deprisa. No había duda, ahí estaba lo que andaba buscando pero no sabía a ciencia cierta qué era aquello, podría ser cualquier cosa, inclusive alguna frase o enunciado dentro de los millones de letras de aquellos ejemplares del anaquel.


¿Lo puedo ayudar en algo, joven? otra vez la vieja.
No, si la requiero yo le llamo, retírese por favor, yo busco por mi cuenta.
La mujer se fue con cara de espanto al ver que yo babeaba y mi dicción estaba totalmente atrofiada. Noté que bajó las escaleras a toda prisa y salia por la puerta principal sin voltear a ver a nadie. El recinto estaba solo y aún estaba el sol en plenitud. Los dedos, al hojear cada libro, denotaban una especie severa de artritis. "Dónde, dónde...". Conforme avanzaba en la búsqueda, las víctimas deshojadas se iban a pilando en el suelo. Empecé a lagrimear y mi visión era poco lúcida.

De la parte inferior tomé un libró con pastas color marrón, lo llevé a pocos centímetros de mis ojos y no pude notar las letras. Los ojos me ardían por el esfuerzo. "Éste es, éste es". Ya no pude moverme, quise bajar y tomar una silla para tratar de leer, pero mis piernas no respondían. Me resigné a estar parado con el libro abierto. Todo era difuso y una sensación de atracción me empezó a someter como si miles brazos me quisieran arrastra y meterme en las páginas. No podía luchar con mis extremidades artríticas, mis labios secos, mi vista nublada, mis dedos chuecos, mi lengua dormida y mi nulo olfato. "Éste es, éste es". Caí en algo parecido al orgasmo; un sueño que se va entre los dedos, en un rio pequeño que recorre el mundo y se pierde en el mismo lugar de donde salió.


Yo ya no existía como tal. Los libros seguían apilados en el suelo y así se mantuvieron toda la tarde, noche, madrugada del siguiente día y mañana, justo cuando entraron los bibliotecarios del turno matutino.

Quién habrá tirado todos estos libros. Gente sin cuidado que no sabe respetar lo ajeno dijo el hombre de pelo cano. Ahora habrá mucho trabajo al organizarlos de nuevo.



Conforme acomodaba cada libro en su exacto y preciso lugar, no perdía la ocasión en leer algunas lineas de cada uno. Le pareció extraño aquel ejemplar color marrón abierto por la mitad. Más rareza le causó que las letras le hayan sido borradas de tajo en todas las páginas, la única que permanecía inalterable era la última, en ella había el dibujo de un hombre artrítico que es atrapado por una hoja blanca y su parte inferior se puede leer "Entré a la biblioteca y me empezaron a sudar las manos, ese fue el primer síntoma. Los ojos...".

Al hombre le pareció poco interesante el ejemplar y lo cerró para colocarlo en su único y perdido lugar donde alguien batallaría para encontrarlo, quizá tendría que recorrer anaqueles tras anaqueles. Cuando se cerró aquel libro, los ojos dejaron de lagrimear y ya nada supe de mí, como si alguien apagara una luz y todo en mi fuera penumbras y espera.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta


martes, 17 de julio de 2012

Ha pasado tanto tiempo de tener olvidado este sitio, que olvidé la contraseña que pide al entrar. Batallé mucho en poder meterme. Como si el blog, en total despecho, también se ubiera olvidado de mí y adrede me haya echo trastabillar. Ya estoy de vuelta con nuevos bríos y con nuevas historias que poco a poco iré plasmando. Ojala aún me queden algunos seguidores "en-activo" que me hagan comentarios. Gracias por leerme y pronto vuelvo.

viernes, 26 de agosto de 2011

EL VUELO DE LA TORTUGA



Si vieras la velocidad que tomaban esos plebes arriva de un carapacho. Si vieras que yo nomas les alcancé a gritar "eh, les habla mi nana. Ya nos vamos pa´l Morro a tirar playa...", pero nadie me hizo caso.

Primero se subía ese que tiene los ojos saltones como sapo. Los demás lo apuchaban como si fuera trepado en un carrito de roles. allá iban como almas que llevaba el mechudo. Y mira que parece cosa del diablo lo que pasó. Todo al modo viejo. Como si la cosa fuera adrede, pues, para que me entiendan.

Por la bajada de la iglesia, un friego de carros pasan a toda prisa, hasta parece que los que van adentro de ellos llevan un cohete en las petacas. Se me figuran de esos carritos que andan al rededor de una pista de carreras y chocan unos contra otros y la gente se emociona, los he visto en la tele. Los gabachos principalmente son los que más mitote hacen; ahí están camele y camele haber quién es el próximo que se estrella como huevo en sartén. Hay que estar bien piratón pa´ir en una de esas fregaderas. Los mentados "Nascar", ya me acordé.

Bueno, po´s resulta que los plebes no entienden de razones, pues, les vale máquina todo. Ellos andan como si nada y uno aquí haciéndose vieja con las preocupaciones.

"Aguas, plebes, aguas con los carros. Se va a enojar mi nana, mejor váyanse pa´la casa. Es peligrosa esa bajada". Y como si tuviera voz de profeta. El plebito carasapo salio juido por allá. El golpanazo se escuchó en todos lados. Asomaron las viejas mitoteras de todas las casas haber que onda. Fui la primera en llegar, pero ya ni pa´qué. Mira, vieras cómo quedó el carapacho y con eso te digo todo, fue partido en tres partes y resulta que esas cosas están duras pa quebrarse o rayarse. "Plebe, plebe, ¿estas bien?" Hasta la pregunta era fuera de guaza y torpe. Al chamaco sólo se le veían los ojitos perdidos, como si se le fundieran las pupilas de pajaro. La playa, los plebes, el automovil, la calle, la iglesia, la carita del niño... todo se hizo bermejo, bermejo y más bermejo, cada vez más profundo.




POR SERGIO IVAN RAMIREZ HUERTA



martes, 1 de febrero de 2011

EN BUSCA DEL TESORO DE LAS LETRAS

Me vi en la necesidad de buscar libros de autores regionales como Arturo y su mesa redonda buscaron antes El Santo Grial. Las librerías no los conocían, incluso dudaban de su existencia. Acudí a las bibliotecas sólo para darme cuenta que, dichos ejemplares, se habían perdido o quemado como casualmente le ocurrió a la del Ateneo Fuente. Gracias al Santo Cristo y a San Charbel encontré algunas obras maltratadas por la humedad, los hongos, mordeduras y caca de ratones, ¡vamos! El maltrato que produce el olvido. Era casi imposible tomar las obras sin que éstas se deshojaran o quebraran. Las hojas estaban pegadas debido a los miados de roedores. El olor que expedían era similar a un retrete de esas cantinuchas de mala muerte que se ubican en la zona centro de nuestra ciudad capital.
Si algo he aprendido de mis ilustres maestros es: nunca darme por vencido frente a las circunstancias, que dicho sea de paso, nunca son favorables. Acudí a la bodega de la más famosa librería de mi localidad. Mi sorpresa fue mayúscula desde la entrada a la casa-edificio-bodega-oficina. En un cuartucho oscuro tenían apiladas cajas y más cajas de libros que fueron hechos con el impuesto que pagaron mis padres, abuelos, tíos y demás caravana familiar que se me vino a la memoria y pertenecen a la masa trabajadora. Las obras estaban apiladas como la marihuana cuando va a ser quemada por la AFI o el Ejercito Nacional, aunque sabemos que lo que incendian es mínimo comparado con lo que previamente han escondido para su comercialización. ¡Pero bueno, ese no es el tema, volvamos pues, o como se dice en el populacho: ¡“a los que nos truje, chencha”!
Busqué a alguien que me pudiera facilitar algunos ejemplares, aunque me los cobrara. ¿Pagar por ellos? Ni modo, el negocio es negocio. Encontré a una amable viejecita que me dijo, “hay joven, tome los que quiera, al fin al cabo se están echando a perder. Sálvalos antes que sea época de lluvias, porque ese cuarto tiene goteras y se le mete el agua por debajo de la puerta. Vieras nomás. Todo se vuelve un cochinero, Siempre nos vemos en la necesidad de tirarlos. Terminan pareciendo atole o engrudo. Entonces ni el camión de basura se los quiere llevar. Toma los que más te gusten, nomás llenas una hojita cuando te vayas”. Ya del dinero mejor ni hice mención. La señora ya me los había regalado y, se hubiera prestado a malos entendidos.
Increíble. Empecé a examinar las cajas y contenían ejemplares en perfectas condiciones con portadas bonitas y temáticas. Lógicamente el contenido de cada obra era algo muy diferente, como diría mi abuelo “una cosa es una cosa y otra es otra”.
Alguna vez he tenido la oportunidad de leer algunos escritos de autores coahuilenses de la década de los 50´s y 60´s. El Archivo Municipal cuenta con varios ejemplares, pero no son para regalarse… Gracias a Dios, sino ya no existirían.
Décadas atrás se escribía acerca de la realidad, el ambiente, las carencias, costumbres, etcétera. Tengo que aceptar que los escritos eran una especie de “tributo a las buenas costumbres que no atenten contra la moral del pueblo”, algunas rayaban en lo ingenuo, lo fácil, lo corto en todos los sentidos. La época y el lugar no se prestaban para algo más. Pobre gente “tan lejos de todo y, sin embargo, tan cerca de Estados Unidos de América”.
Las condiciones actuales de los escritores “actuales” son muy diferentes, saltan a la vista. Los alcances tecnológicos, las revistas, la televisión, Internet…, todo juega un papel fundamental para la expansión de creaciones. El medio nos ha sido cambiado, cada vez somos una ciudad más parecida a las grandes urbes norteamericanas y nos olvidamos de nuestra tierra y todo lo que en ella habita, es decir, nos hemos olvidado del origen de las cosas dentro de nuestro medio. Somos una especie de extranjeros en nuestro propio territorio.
Dentro de las obras que tuve la oportunidad de obtener, me encontré con varias propuestas que me llamaron la atención. Número uno, la poesía actual no me gusta. Cada que leo poemas de la región, quiero más a mi perro. No sé por qué razón cada día hay más y más seudo-poetas, se reproducen con una facilidad sorprendente como si fueran Gremlins y les echaran agua en la espalda y éstos se autoprocrearan. Han abandonado la estética, la estructura, ya no tienen gracia ni temática y, han pasado a la mentada prosa-poética en un santiamén. Esos libros no deberían ser salvados de la pirámide mortuoria en la que se encontraban. No adornan estantes. La ingenuidad de los versos no ha cambiado conforme transitan las décadas por nuestra ciudad. Claro, no dudo que haya uno o dos o tres que se salven, pero desafortunadamente no encontré de esos, pues como son buenos ya se los habían llevado y me habían dejado sólo la merma de la poesía.
Número dos. La narrativa se cuece aparte, pues tiene alcances sorprendentes en los cuales no me quiero inmiscuir por el momento.
Número tres. ¡Oh, sorpresa! La literatura en cómics es parte de una realidad actual, donde se ha cambiado lo escrito por la simple imagen. Ahora se cuentan historias sin palabra alguna. Marcel Marceau ha de estar orgulloso dentro de su ataúd. Son libros geniales que nos dan testimonio de un avance maravilloso en la comunicación y, sin embargo, esto es algo tan antiguo como la creación de pinturas rupestres por el hombre de las cavernas. Maravilloso, andamos en búsqueda de nuestro origen mismo, por increíble que parezca.

Otra vez volvemos a colocarnos en una profunda cuestión “¿quiénes somos y de dónde venimos?” La búsqueda constante de una respuesta, nos lleva siempre a realizar literatura. Aunque la última palabra y, quizá tambien la solucion a tal enigma, siempre la tendrá el último de los lectores.




POR SERGIO IVÁN RAMÍREZ HUERTA



sábado, 2 de octubre de 2010

Septiembre por siempre

Casualmente en septiembre nunca escribo. Surge una impotencia que me llega hasta los huesos. No es flojera sino una especie de letargo. Los días se vuelven finitos y desesperantes como un niño que babea o hace pompas de saliva, asqueroso hasta cierto punto. Aunque tengo ideas, no logro plasmarlas en algún papel.

Parezco un fantasma de treinta días. Quisiera dormir el 31 de agosto y despertar el día 01 de octubre como si septiembre fuera sólo un sueño. Es fobia lo que tengo. No comprendo esa tenaz incertidumbre cada año. Como si me fumara algunos cigarros de marihuana, los colores se distorcionan al igual que las paredes, las letras, las mujeres, los autos, el sexo, los sonidos, los edificios, Lezama Lima (aunque Lezama Lima siempre se vuelve distorsionado sin importar la estación del año), el alcohol, la sangre... ¡vamos!, todo se vuelve un disparate. Imposible transitar por las calles con tanta locura.

Y ahora que despierto, septiembre, se ha llevado tantas horas de mi vida y yo pensando en la posibilidad de borrarlo con una goma blanca para que no deje siquiera mancha.

Quién fuera un loco frente a una computadora escribiendo a los días que se han ido como una bebida por la garganta del tiempo.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta




martes, 7 de septiembre de 2010

YA ESTOY ALGO VIEJO


Ya estoy algo viejo,
esta mecedora tiene vértigo,
¡cuan triste se ve todo desde aquí!,
no puedo cerrar los ojos
pues se niegan al intento siquiera,
ya se han quedado sin brillo
y están mojados por el vino de la soledad.
El recorrido de mi vista
como el de mis pasos
es torpe y sin comparsa.

¡Quiero correr!, y no puedo,
la vida y el cuerpo me duelen.
si acaso tuviera alma
también el alma me dolería,
me estorbo solo, de poco sirvo.

Las arrugas, estas, las del rostro
han borrado la juventud,
mi insigne juventud, la que se fue
y me marcó para siempre,
tarde, pero me traicionó
llevándose mi todo,
me olvidó,
se marchó sin mí.

Esta ronca voz ya no es la mía,
la de antes emanaba poesía, ahora saliva.
Camino con miedo a caer
y no poder levantarme,
aunque sería lo mejor, pienso.

¿El viento me empuja o me golpea
ensañado, a veces?,
las golondrinas cantan
su música fúnebre,
parece fúnebre, parece.
El cansancio me alcanza rápido,
me ha vencido sin haber luchado,
tengo frío,
mostraría mis garras, mis dientes,
si tan sólo tuviera garras o dientes.

Escucho un mar de gente
que me habla
que me grita,
a veces volteo y no encuentro a nadie, a nadie.
Algo me parte, ¿qué será?,
el corazón quizás,
o la respiración ésta, tan pesada y difícil.
Los años nuevos me amargan
sólo por ser nuevos;
tienen otro ritmo,
pasan con prisa como muriéndose,
sin detenerse por un viejo como yo,
tan diferente.




Sergio Iván Ramírez Huerta




miércoles, 18 de agosto de 2010

EL NÁUFRAGO



Resulta que preparó todo para meterse a la ducha. Acomodó las sandalias justo en la puerta del baño para no pescar un hongo. El retrete limpio, la toalla seca, el shampoo, el enjuague, el jabón, el estropajo, la ropa que usaría..., todo estaba perfectamente acomodado y alineado como si fuera mandato astrológico. Abrió las llaves del agua al mismo tiempo para lograr una temperatura cómoda y tibia... Hasta ahí todo iba perfecto.

El problema fue una vez que se quizo colocar bajo la regadera. Colocó un pie y al sentir las primeras gotas una extraña fuerza lo obligó a retroceder. El agua, ante su mirada, parecía una corriente dispuesta a llevarlo por el resumidero que, cosa tan demás curiosa, se hacía grande y chico, como si fueran las fauces de Caribdis que trataran de tragárselo. El cuerpo dejó de responderle y se convirtió en un guiñapo de hombre, ¡vamos, en una marioneta sin hilos! Cuando quizo abrir la puerta para salir huyendo, no tenía fuerza siquiera para girar la perilla. Los dedos empezaron a tomar poses artríticas. La boca se torció un poco, pero no lo suficiente para callar los gritos de terror que sólo pudieron ser ahogados con la falta de aliento. Arrastrándose buscó un rincón donde no pudieran alcanzarlo las gotas de agua. !Maldita sea! No había cortina ni puerta corrediza que pudiera separar aquel chorro desmedido que poco a poco iba creciendo, pues el resumiero actuaba como cómplice al no quererse tragar por completa aquella laguna que iba formándose. No sé de donde sacaba fuerzas para seguir gritando y llorando. El cuarto de baño se hizo chiquito y no había forma de salir.

Al verse perdido comenzó a rezar. El agua comenzo a invadirlo todo. Ya no había escapatoria. La puerta no se podía abrir, pues la fuerza iba mermando.

Los tobillos fue el primer lugar de su cuerpo donde sintió helado, luego caliente y despues ya ni siquiera sentía. Poco a poco iba subiendo el nivel de agua por su piel y con ello la sensibilidad se iba perdiendo. El terror se había apoderado de él, ya estaba tirado en el piso con la boca completamente chueca. Los ojos desorbitados como pez que sacan rapidamente del fondo del océano. Sus lágrimas iban a encontrarse con el agua que seguía saliendo de la regadera. Después de sus tobillos siguieron las piernas completas, luego el estómago y los brazos. Poco a poco se iba perdiendo en la ducha común. El nivel del agua se iba incrementando y el resumidero se negaba a seguir tragando líquido. Ya no sentía su cuerpo, pues sabía que lo siguiente en ser sucumbido era la cabeza. No podía pararse. Una vez que el río entró por su boca torcida, la garganta no pudo dar cabida a tanto. Era un pedazo de carne que se perdía en el baño. Le temblaron los ojos como si un grito aterrador quisiera escapársele, cosa extraña, pues cada bocanada era un trago más de agua.

Primero la mirada vidriosa como los pescados que venden en las tiendas departamentales. La boca no se le pudo enderezar pese a no sentirla. El chorro de agua nunca se detuvo. Flotaba, flotaba como una madera tirada en el mar por algún barco. Todo flotaba, el shampoo, el enjuague, el jabón, la toalla..., etcétera. Todo perfectamente alineado como los astros cuando sube la marea.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta


martes, 4 de mayo de 2010

TECELOTL



Primero fui a comprar las croquetas y unas latas de comida para el perro. La carne molida sin guisar o los caldos de pollo no le agradan, y menos en invierno. Siempre he buscado mantenerlo maciso y fuerte. Caga como vaca, sí, pero qué le vamos a hacer. Lo principal es que no se estriña o haga blando. "Cuídelo como si fuera una persona más", me dijo mi tío cuando lo dejó, luego se trepó a la camioneta y no voltió siquiera por el retrovisor para verlo por última vez. Digo por última vez, porque enseguidita se fue a estampar con una pipa cargada de aguas negras. Qué fea, apestilente, sucia y enmierdada muerte. En fin.
Vacié las croquetas en el trasto. El perro me miró como quien pide algo más. "Cómete eso, luego te doy otra ración", le dije, como si fuera a entender español. Enseguida empezó a ladrar, pero no era un sonido normal. No era el común y corriente "guau-guau-guau", sino algo más elaborado y con extraña variante fonética. "cuanacuayotl-cuanacuayotl", logré percibir. Me quedé pasmado. Mi perro me estaba hablando en otra lengua o yo estaba escuchando cosas de más. "Trágate eso. Ya me estoy volviendo loco". Sus ojos fueron a parar de nuevo en los míos como si me hubiera entendido a la perfección. "Cahua-cahua-cahua", salieron los siguientes "ladridos", por llamarlos de una manera, y siguió su perorrata "choquizcuicatl-callotl-nacatl". No había duda. Eran palabras. Se levantó en las patas traseras, se colocó a mi altura y peló los colmillos. "chachamecac-nahuatl", vociferó y en seguida volvió a su altura natural.
No sé por qué pero todas sus "palabras" me estaban haciendo eco en los oidos. Aventé cuanto traía en las manos y corrí hacia mi casa como si hubiera visto u oido al mismo diablo en persona. ¿Qué ha pasado? A quién le podré pedir ayuda. "Oiga, mi perro habla una lengua extraña, parece ser nahuatl. Ayúdeme por favor", pudiera comentar y, con la velocidad del rayo me meten a la carcel o al manicomio. "Papá, mamá, nuestro perro es en realidad un indio que viajó en el tiempo y aún conserva aspectos genuinos como la lengua que le heredaron los antiguos pobladores mexicas". "¿Enserio, m´hijo?, qué buena onda´. Qué demonios te estás metiendo, pues ya te has salido de tus cabales", parece que ya los oigo.
Quise salir de nuevo para encararme con el canino, pero las piernas no me respondían, quizás detenidas por el miedo a sus "palabras" o a sus ojos o a su aspecto o a todo junto. ¿Y si me quiere comunicar algo de suma importancia?, o quizás me esté volviendo loco de remate. No sé. Tal vez sea la prueva feasciente de la reencarnación. A lo mejor yo tengo el don de entender a los animales. Tal vez las croquetas traían una sustancia que permite hablar a los perros.
De pronto aquella extraña voz canina se empezó a acercar "Chahuac-chahuac-chahuac". Mis ojos buscaban el emisor de aquellos sonidos y mi mente dibujaba a un perro erguido frente a mi. "Chantlacahuan-cahua-nahuatl-chantlacahuan", no cesaban aquellas difusas palabras. No importaba ya lo que significaran, pues sentía que mis piernas comenzaban a flaquear. De pronto sentí un golpe duro en la nuca. "Chahuac-nahuatl-callotl". Sentí helada mi entrepierna y una mordida en la misma. Colmillos aferrandose a mi carne y las palabras que no cesaban. Luego ya no sentí nada y los "ladridos" se fueron lejos poco a poco como si hubieran partido hacia el pasado en largo viaje.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta

lunes, 22 de marzo de 2010

Doña Amparo de las compotas


Fue cuando metí la lengua al frasco, de esos de mayonesa. Sí, de los medianos. Ándale, de esos meros, de los que nos regaló el gobierno. Dizque traían conservas de chabacano algunos; otros membrillo; otros más de dátil; otros tantos de nanchi. Ahí nos tienes a todos arremolinándonos con tal de que nos dieran uno de cada uno. Estábamos todos los del ejido, menos Amparo, que de Dios goce. Traiban también unas cobijas que pa´l frío. Hazme el mondrigo favor, estábamos en plenos calorazos, era el mes de mayo. Lo recuerdo ahora porque fue en esas mismas fechas cuando se nos murió la que hice mención endenantes. Total, ahí estábamos todos con el griterío. "Dame una cobija y una despensa de mandado", "a mí unos frascos de dátil, los demás ya me los distes", "yo sólo quero la cobija pa´ mí y échame otra pa´ tapar a la virgen porque le está dando todo el sol". Todo iba bien. Se bajó uno mal encarado de la troca, mientras los demás iban aventando las cosas, a naiden le daban en la mano lo que pedía. Parecíamos leprosos o de esos enfermos a los que no se les acerca siquiera la sombra. Amparito no quiso ir que´s que pa no dejar sola la casa. Temía que alguien se fuera a meter, y cómo no, si el diablo nomás anda viendo haber quién se descuida. Aquel mal encarado se subió y de pronto le metieron el huarache al acelerador de la troca y nos dejó como fantasmas de tierra. Ahí andábamos después como meros pordioseros con cobija y compota nueva. Digo, los que alcanzamos cobija y conserva. Los demás se agarraron a chiflarle la madre al conductor y a sus achichincles. Después fue todo un lío encontrar a doña Amparo. Algunos dicen que la vieron allá en la revuelta pidiendo una despensa porque no tenía ni frijoles siquiera, pero la hubieramos visto todos. La buscamos en las demás casas, capaz que le entró el miedito y se fue a buscar refugio. Yo le traía algunos frascos aún sin abrir. "Doña Amparito, doña", le empecé a gritar como loco y nada que aparecía. Entonces ahí es cuando te digo que abrí un frasco y metí la lengua pa´ probar el membrillo. La sorpresota que me llevé al ver que estaba todo engusanado, no lo había visto bien porque la etiqueta lo tapaba todito. Abrí otro y lo mismo. Los de dátil estaban lamosos de tanta resolana que les pegó. Los de nanchi estaban acedos y ya ni pa que menciono los otros. Total, que me encaminé a la fosa. Sí, a la letrina pa tirar todito, excepto la cobija, porque esa, aunque apestosa a muerto, con una lavada en estafiate y gobernadora, se le quitaba el apeste. Tiré el primer frasco ahí donde tiro mis desperdicios del cuerpo. Sonó hueco, como un coscorrón. "Doña Amparito, que hace usted ahí metida". No me respondió nada. Flotaba, como si fuera una pelota de hule color carne. Pa´ luego fui a avisar a todos. Nadie se quería meter pa´ sacar a la difuntita, hasta que llegó uno de sus hijos y la amarró de la cintura con una soga. Podemos asegurar que ella no se aventó sola, estaba en silla de ruedas y el camino pa´ llegar a la fosa es de mucha piedra y arena. No pasan las ruedas de la silla. Alguien vió un bulto que la llevaba cargada y pensó que era su hijo, pero no. Éste llegó mucho después y casi se muere también con la noticia. "Yo creo que fue uno de los que venian regalando cosas, aprovechó la distracción y el griterío. El diablo ya ha matado a muchos como pa´ añustarle otro más, ¿no crees?, le dije a los de la patrulla, pero no me creyeron. Me llevaron al monte y arrancaron un cardón que aún tenía pitahayas, y con ese mero me empezaron a pegar. No me soltaron hasta que dije que yo había sido el que la mató. Desde entonces me la paso de un lugar pa otro. A veces en Santa María o en Los Lirios o en El sesenta. Es hora que no puedo ni quiero regresar al ejido, nomás de la pura vergüenza que me vayan a señalar las demás gentes. Aún conservo los frascos engusanados y rancios y, según sé, es tiempo que no se vuelve a parar la troca del gobierno allá en el ejido. No sé por qué.




Por Sergio Iván Ramírez Huerta

lunes, 15 de febrero de 2010

"quiére más, m´hija, pídame pa´ darle más"




Ahora se puso a dar clases de danzón, hazme el favor. Si de-por-sí está mega choncha, nunca hace ejercicio, es más, ni siquiera sale a caminar. Se la pasa como un mueble más que mira el televisor todo el día. Y venir a mi casa a extenderme esa invitación pa´ ir a echarle taconazo y, aparte pagarle a ella por el guateque. Ir a perder el tiempo, hazme a mí el favor. Nunca me habla y cuando lo hace es sólo pa´ sacarme plata. No es por desearle mal a nadien, pero de veras que a veces se pasa. Yo no soy quién pa´ estar critique y critique como cotorra. Yo soy la menos indicada, pero allá ella. Yo sí tengo cosas importantes que hacer. Yo sí tengo una vida social propia. Lo que pasa es que lo hace adrede nomás pa´ darme picones y hacerse la importante. Bien me lo dijo cuando me vio atascada en esta cuchitril barriada "tu te lo buscas porque quieres, m´hija, el que por su gusto es buey hasta la no se qué lambe". Luego me aventó una caja con cacerolas despostilladas, vasos de plástico y unos costales con ropa que ni me quedaba. Luego se dio la media vuelta y ni "adiós" dijo. Arrancó como una burra sin mecate. Bien presente lo tengo aún como si hubiera sido horitita mismo. Y ahora anda muy pipiris nais buscando a ver quién se deja embaucar pa´ sacarle unos billetitos. Nunca hizo por mí. Cada que le pedía me daba fregadazos hasta pa´ llevar de lonche. "Quiere más, m´hijita, venga pa´ darle más", y mojaba el cinto o sacudía la chancla, ponía una cara de payaso lujurioso y enseguidita se me aventaba tirando guamazos a diestra y sinestra. Yo salía como si me quisieran violar, haciendo un griterío y con las nalgas todas rojas de tanta friega. Los vecinos ya se la sabían y ni el caso. Todos como si nada estuviera sucediendo. Deja tú la pena. Me daba una impotencia que pa´ qué te cuento. "quiere más, m´hija, pídame pa´ darle más". Ya ni acordarse es bueno, pero vieras que la veo y se me salta la vena de la rabia. Voy a ir a esas clasecitas de baile, nomás pa´ verla hacer el ridículo. Esto no me lo puedo perder. Será como ver a una vaca en dos patas tratando de bailar polca. De que lo vale, lo vale. Ahora me toca a mí y en la primera que tenga voy a soltar la carcajada hasta que se me salgan las migas. Ahora me toca decirle a mí "Sí, mamá, quiero más. Quiero ver como haces el ridículo. Quiero más".

Por Sergio Iván Ramírez Huerta






martes, 12 de enero de 2010

CRI CRI, ENORME CRONISTA DE UN MÉXICO QUE NO CAMBIA



Mi siguiente post va relacionado con ese gran compositor y cantante de nombre Francisco Gabilondo Soler "Cri Cri, el grillito cantor". No creo que sea necesario colocar una biografía de él, ya que me volcaré sobre algunas de sus obras, en específico aquella que se titula La muñeca fea y, sobre ella edificaré mi post.

El maestro Cri Cri nos relata en cada canción (que podríamos señalarlas como “cuentos musicales”), un problema social que abarca distintas esferas sociales.

La crítica que manifiesta es fácil de detectar en su obra. Hablando de las diferencias sociales, tomaremos como ejemplo una percepción muy propia en la canción: El rey de chocolate, que “posee un gran castillo con murallas de membrillo y con torres de turrón…, y a pesar de ser tan dulce tiene amargo el corazón”. Sin duda es un indicio de que el hombre en su voracidad por hacerse de todo lo material se olvida de lo básico: el sentimiento de ser querido. ¿O es éste el que se le niega en forma de “princesa caramelo”? Surge entonces la necesidad del personaje principal, cosa que enmienda mediante una simple artimaña, exponer su fortuna a la vista de todos. Sembrar un gran barquillo que rieguen tempranito con refrescos de limón, una gran cascada de azúcar granulada y el arroyo en vez de piedras que arrastre colación…, la princesa acepta de buena gana la proposición de matrimonio con el feo rey nariz de cacahuate. Estamos frente a otro caso que expone sabiamente Gabilondo Soler “la conveniencia de algunas mujeres que buscan en el hombre su propia solvencia económica, un status y el ambiente de una clase social (alta en este caso)”.
En contraposición podemos encontrar el tema La patita que, “…de canasta y con reboso de bolitas va al mercado a comprar todo lo del mandado”. Con ese atuendo y el lugar común al que se dirige, notamos a un personaje de clase media baja en busca del sustento alimenticio para sus emplumados hijos. El regateo, la falta de dinero y la nula adquisición de comida, crea en ella desesperación y reflexión. F. G. Soler, mientras canta este tema, se refiere al escucha e incluso lo compara con la desafortunada patita. Es decir, el autor conoce de antemano la situación económica y de impotencia en la que vive la mayoría de los mexicanos (por citar a mis compatriotas, pero dicha comparación podría abarcar a varios países y no sólo latinoamericanos). Y cierra con una reflexión ante la pobreza: cuando le pidan contestará “coman mosquitos cuara cua cua”. Aunque sabemos que los patos no se podrán alimentar de mosquitos. Entonces el cronista nos señala que mediante la falta de dinero vendrá la falta de comida y es el sector infantil el más golpeado. La muerte parece ser el siguiente paso de aquellos “patitos” aunque su madre haga mil rabietas.

Bien, mi post va encaminado a señalar lo que “El grillito cantor” relata como trasfondo en su obra “La muñeca fea”. Señoras y señores, atención por favor, nos relata LA DISCAPACIDAD INFANTIL Y LA FORMA EN LA QUE LA SOCIEDAD LA ENFRENTA. Recordemos que la Muñeca fea es olvidada en un rincón como se oculta en varios hogares a aquellos que presentan alguna enfermedad física, mental o disfuncional. La familia de aquellos desafortunados ocultan al individuo por una simple cuestión “no quieren enfrentar la crítica social y tienden a esconder sus defectos”. La muñeca fea, mientras se oculta de que alguien la vea, tiene roto un brazo y su cara llena de hollín. Negra es su cara, como el color de piel que más desprecio tiene en las diferentes razas del mundo a través de la historia. La raza negra ha luchado duramente por tener un lugar digno dentro de la sociedad, pero su lucha más ardua ha sido contra el propio racismo. Estamos frente a un personaje que presenta un conflicto no sólo emocional sino también cultural y psicológico. Sus amigos son seres o cosas útiles, pero despreciables como son los ratones, la escoba, el recogedor, el plumero, el sacudidor, la araña y el viejo veliz, pero algo une a éstos: todos quieren ver a nuestro personaje contento y feliz. ¿Por qué ocultar los defectos o a las personas que tienen una discapacidad? La respuesta va más allá de lo que podríamos imaginar. Los animales nunca se desprecian entre sí debido a sus defectos o virtudes. Es el ser humano el único animal que actúa de una forma difícil de comprender. Sea quizá la vergüenza o el tratar de aparentar lo que no somos. Hay múltiples emociones que mueven al hombre. Gabilondo Soler nos relata el proceder de una sociedad de algunas décadas atrás. Actualmente se hacen algunos esfuerzos por erradicar o aceptar la discapacidad en el término más amplio, sin embargo, hay quienes siguen con una venda en los ojos.
Es “La muñeca fea” una obra de arte impresionante, moralista y de un tema “casi prohibido”. La señalo como “obra de arte” porque la música lo es por sí misma. “Cri Cri, el grillito cantor” es sin duda uno de los cronistas que ha llegado a más oídos a través de varias generaciones. ¡Un aplauso a aquel que nos señala con la verdad en los labios y con ello crea temas infantiles!
Espero que aquellos que me lean no cambien su manera de sentir la música del antes mencionado, porque Gabilondo Soler es para todas las edades y sus canciones son tan fácil de asimilar que nunca cansan, pues siempre hay algo nuevo que descubrir.
Me despido con los últimos versos de este maravilloso tema:

Tus amigos
no son los del mundo
porque te olvidaron
en este rincón.


Nosotros no somos así.

Te quiere la escoba y el recogedor
te quiere el plumero y el sacudidor
te quiere la araña y el viejo veliz
también yo te quiero,
y te quiero feliz.


Por Sergio Iván Ramírez Huerta

lunes, 7 de diciembre de 2009

Ensayo que surge a partir de la lectura de la obra "El Jugador" de Dostoievsky




Alexei Ivánovich es, sin duda, un personaje tan redondo como gris. Todos somos Alexei Ivánovich



¡Que horribles burlas gasta el destino a veces!
–F. Dostoievski




Es cierto que estamos frente a un personaje extranjero en todos los lugares del mundo. Representa a los rusos, sin embargo, él acepta que todas las nacionalidades compiten en desajustes, incongruencias y defectos. Desde el primer capítulo nos muestra una serie de pleitos verbales. En voz alta y sin pedir la palabra se mete en conversaciones de las que carece de arte y parte: sólo con el fin de reñir, pues le da lo mismo un polaco que un francés.
No hay duda de que el lector aprecia y -¡oh, conciencia vil!-, hasta llega a identificarse con los personajes principales. Todos tenemos nuestra propia “ruleta”. Un vicio esférico que nos muestra la circularidad que envuelve a los seres humanos. ¿Por qué nos vemos reflejados en los personajes llenos de problemas? La respuesta más lógica sería: “por que nosotros estamos envueltos en una nube que contiene todos los problemas posibles, tanto existenciales como morales, religiosos o físicos”.
Alexei Ivánovich tienes varios conflictos. Carece de autoestima y valor para demostrar sus sentimientos de una manera razonable. Siente celos. No sabe conducir sus intereses. No encuentra algo que lo lleve a la satisfacción. Se puede tomar “la victoria frente a la ruleta” como una satisfacción, pero no es plena, ya que lo mueve un interés mayor: conquistar a una dama, desafortunadamente, “la ruleta se vuelve contra él”. La mujer no aprecia el dinero como un escape a su situación de desprecio o de impotencia.
Ahora tomemos el juego de la ruleta que Ivánovich como confiesa en el capítulo II, que el juego no es de su agrado, aunque el corazón le palpita.

Como también yo estaba entonces poseído
en el más alto grado del deseo de ganar,
todo este interés y toda esa sucia
avidez, si lo queréis, al entrar en la sala,
me resultaron algo cómodo y familiar.

El personaje tiene una panorámica basta sobre todo lo que envuelve al juego. Ha clasificado a las personas que asisten al casino en verdaderos caballero y simple gentuza u observadores. El interés y las trampas en que se basa y descansa la banca. Conoce a la perfección el ambiente y las personas que intervienen dentro del juego. No ignora las suertes fortuitas, el orden y el extraño sistema que engloban a la llamada “suerte”.
Me parece clave una frase que señala dentro del capítulo IV “hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, al darle una bofetada, de sacarle la lengua”. El ser humano nunca se ha podido ajustar a los cambios repentinos. Carece de muchas respuestas ante la simple existencia, por ello ha creado dioses y ha enaltecido su propio orgullo. Se ha sabido valer de la ciencia y la tecnología para hacer un poco más placentera su presencia, sin embargo, el tentar al destino no es algo nuevo, lo vemos representado de alguna forma en la literatura griega, es decir, volvemos a la circularidad del tiempo, como la pelotita que gira en la ruleta, cae en un espacio rojo o negro, para volver a hacerlo unos minutos después.
Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos. En nuestro caso, no se puede tomar de la misma forma el dicho. Nuestro personaje tiene la necesidad de tener dinero ya que el dinero lo representa todo. Aquel que lo tenga podrá adquirir la felicidad, aparentemente. Todos dependen de alguna manera de una herencia por alguien que está a punto de “estirar la pata”. El verdadero conflicto se da una vez que aparece el personaje de la abuela de 75 años de edad, Antonida Vasílievna Tarasíevicheva, temible y rica terrateniente y señora de Moscú. Le hace ver el futuro a cada uno y borra del mapa hereditario a algunos otros. Ahí es donde nuestra historia va a tomar rumbo. La vieja se ve envuelta en el ambiente del casino, llega a conocer la gloria y el fracaso en un santiamén.
Lo que resulta atractivo y hasta cierto punto identificatorio con el lector –bueno, en mi caso sí–, son las actitudes que toman aquellos que se evaden del mundo para sólo concentrarse en el dinero y la dirección que ha de tomar la pelotita, como si de ella dependiera el destino y la vida de todo aquel jugador.
La abuela advierte en el capítulo X:

…Según se decía alrededor, llevaba ganados ya
los cuarenta mil, que tenía ante él, en oro y
billetes de banco. Estaba pálido, sus ojos brillaban
y le temblaban las manos; apostaba, ya sin pensarlo,
lo que podía coger con la mano, pero siempre ganaba
y seguía amontonando dinero.
–¡Es una lástima! Va a perderlo todo, él se lo busca…
No puedo mirarlo, no hace más que ganar. ¡Qué animal!


Y es ella la que se contradice a su propia predicción. Los ojos ardientes se clavaron en la bolita que saltaba por las ranuras, luego esa misma mirada se ve torpe y perdida ante la derrota. La persigue la ruina. No es algo actual que el dinero sea el motor que haga funcionar a toda una sociedad, aunque los valores morales se vean pisoteados. La literatura nos lo muestra desde siempre.
Sucede un extraño fenómeno ante la victoria. La persona no puede retirarse triunfante, la sed y ambición de poseer más y más poder lo lleva, en la mayoría de los casos, a un declive que culmina en el suelo.
Si antes mencioné que la necesidad es la madre de todos los inventos; la tentación es la madre de todos los vicios. Alexei Ivánovich se ve envuelto en un giro de la ruleta, y no sólo me refiero al juego, una aparente victoria lo conduce a recuperar un status que pensaba perdido. Una vez que tiene dinero, pierde lo que en realidad buscaba: Polina. En cambio, las mujeres y algunos hombres acuden a él como los buitres acuden a la carroña. Alexei tiene un vuelco impresionante en su vida. Se va a Paris y nuevamente vuelve a ser extranjero. Se casa y es subyugado, aunque ya estaba esclavizado por el juego de la pelotita que gira y gira para caer en el número o color que le de la gana. El dinero juega un papel importante en su vida. Ahora la necesidad se vuelve parte de la tentación.
La obra cierra con un mensaje que no puedo dejar de lado en este texto. Ante todas las circunstancias favorables o no, uno debe saber retirarse a tiempo, una vez que no lo haga, la vida siempre nos da una nueva oportunidad y de nosotros depende saber aprovecharla. Pero no por ello va a dejar de dar vueltas la ruleta, al contrario, esa rotación constante es una bestia que nos ha devorado sin habernos dado cuenta, inclusive, nacimos ya devorados.
¿Qué se siente estar jugando frente al propio destino? Es algo fatal y necesario, un deseo intenso, un escalofrío en todo el cuerpo, temblor de piernas y espanto, un hormigueo de fuego, una intoxicación de la fantasía, en pocas palabras… no sé. Pero lo que haya sido, lo sintió nuestro personaje Alexei Ivánovich y el lector es su cómplice más fiel.



Bibliografía
Dostoievski, Fedor. El jugador. Salvat Editores. España, 1971. Pp. 189.

Por Sergio Iván Ramírez Huerta