lunes 7 de diciembre de 2009

Ensayo que surge a partir de la lectura de la obra "El Jugador" de Dostoievsky




Alexei Ivánovich es, sin duda, un personaje tan redondo como gris. Todos somos Alexei Ivánovich



¡Que horribles burlas gasta el destino a veces!
–F. Dostoievski




Es cierto que estamos frente a un personaje extranjero en todos los lugares del mundo. Representa a los rusos, sin embargo, él acepta que todas las nacionalidades compiten en desajustes, incongruencias y defectos. Desde el primer capítulo nos muestra una serie de pleitos verbales. En voz alta y sin pedir la palabra se mete en conversaciones de las que carece de arte y parte: sólo con el fin de reñir, pues le da lo mismo un polaco que un francés.
No hay duda de que el lector aprecia y -¡oh, conciencia vil!-, hasta llega a identificarse con los personajes principales. Todos tenemos nuestra propia “ruleta”. Un vicio esférico que nos muestra la circularidad que envuelve a los seres humanos. ¿Por qué nos vemos reflejados en los personajes llenos de problemas? La respuesta más lógica sería: “por que nosotros estamos envueltos en una nube que contiene todos los problemas posibles, tanto existenciales como morales, religiosos o físicos”.
Alexei Ivánovich tienes varios conflictos. Carece de autoestima y valor para demostrar sus sentimientos de una manera razonable. Siente celos. No sabe conducir sus intereses. No encuentra algo que lo lleve a la satisfacción. Se puede tomar “la victoria frente a la ruleta” como una satisfacción, pero no es plena, ya que lo mueve un interés mayor: conquistar a una dama, desafortunadamente, “la ruleta se vuelve contra él”. La mujer no aprecia el dinero como un escape a su situación de desprecio o de impotencia.
Ahora tomemos el juego de la ruleta que Ivánovich como confiesa en el capítulo II, que el juego no es de su agrado, aunque el corazón le palpita.

Como también yo estaba entonces poseído
en el más alto grado del deseo de ganar,
todo este interés y toda esa sucia
avidez, si lo queréis, al entrar en la sala,
me resultaron algo cómodo y familiar.

El personaje tiene una panorámica basta sobre todo lo que envuelve al juego. Ha clasificado a las personas que asisten al casino en verdaderos caballero y simple gentuza u observadores. El interés y las trampas en que se basa y descansa la banca. Conoce a la perfección el ambiente y las personas que intervienen dentro del juego. No ignora las suertes fortuitas, el orden y el extraño sistema que engloban a la llamada “suerte”.
Me parece clave una frase que señala dentro del capítulo IV “hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, al darle una bofetada, de sacarle la lengua”. El ser humano nunca se ha podido ajustar a los cambios repentinos. Carece de muchas respuestas ante la simple existencia, por ello ha creado dioses y ha enaltecido su propio orgullo. Se ha sabido valer de la ciencia y la tecnología para hacer un poco más placentera su presencia, sin embargo, el tentar al destino no es algo nuevo, lo vemos representado de alguna forma en la literatura griega, es decir, volvemos a la circularidad del tiempo, como la pelotita que gira en la ruleta, cae en un espacio rojo o negro, para volver a hacerlo unos minutos después.
Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos. En nuestro caso, no se puede tomar de la misma forma el dicho. Nuestro personaje tiene la necesidad de tener dinero ya que el dinero lo representa todo. Aquel que lo tenga podrá adquirir la felicidad, aparentemente. Todos dependen de alguna manera de una herencia por alguien que está a punto de “estirar la pata”. El verdadero conflicto se da una vez que aparece el personaje de la abuela de 75 años de edad, Antonida Vasílievna Tarasíevicheva, temible y rica terrateniente y señora de Moscú. Le hace ver el futuro a cada uno y borra del mapa hereditario a algunos otros. Ahí es donde nuestra historia va a tomar rumbo. La vieja se ve envuelta en el ambiente del casino, llega a conocer la gloria y el fracaso en un santiamén.
Lo que resulta atractivo y hasta cierto punto identificatorio con el lector –bueno, en mi caso sí–, son las actitudes que toman aquellos que se evaden del mundo para sólo concentrarse en el dinero y la dirección que ha de tomar la pelotita, como si de ella dependiera el destino y la vida de todo aquel jugador.
La abuela advierte en el capítulo X:

…Según se decía alrededor, llevaba ganados ya
los cuarenta mil, que tenía ante él, en oro y
billetes de banco. Estaba pálido, sus ojos brillaban
y le temblaban las manos; apostaba, ya sin pensarlo,
lo que podía coger con la mano, pero siempre ganaba
y seguía amontonando dinero.
–¡Es una lástima! Va a perderlo todo, él se lo busca…
No puedo mirarlo, no hace más que ganar. ¡Qué animal!


Y es ella la que se contradice a su propia predicción. Los ojos ardientes se clavaron en la bolita que saltaba por las ranuras, luego esa misma mirada se ve torpe y perdida ante la derrota. La persigue la ruina. No es algo actual que el dinero sea el motor que haga funcionar a toda una sociedad, aunque los valores morales se vean pisoteados. La literatura nos lo muestra desde siempre.
Sucede un extraño fenómeno ante la victoria. La persona no puede retirarse triunfante, la sed y ambición de poseer más y más poder lo lleva, en la mayoría de los casos, a un declive que culmina en el suelo.
Si antes mencioné que la necesidad es la madre de todos los inventos; la tentación es la madre de todos los vicios. Alexei Ivánovich se ve envuelto en un giro de la ruleta, y no sólo me refiero al juego, una aparente victoria lo conduce a recuperar un status que pensaba perdido. Una vez que tiene dinero, pierde lo que en realidad buscaba: Polina. En cambio, las mujeres y algunos hombres acuden a él como los buitres acuden a la carroña. Alexei tiene un vuelco impresionante en su vida. Se va a Paris y nuevamente vuelve a ser extranjero. Se casa y es subyugado, aunque ya estaba esclavizado por el juego de la pelotita que gira y gira para caer en el número o color que le de la gana. El dinero juega un papel importante en su vida. Ahora la necesidad se vuelve parte de la tentación.
La obra cierra con un mensaje que no puedo dejar de lado en este texto. Ante todas las circunstancias favorables o no, uno debe saber retirarse a tiempo, una vez que no lo haga, la vida siempre nos da una nueva oportunidad y de nosotros depende saber aprovecharla. Pero no por ello va a dejar de dar vueltas la ruleta, al contrario, esa rotación constante es una bestia que nos ha devorado sin habernos dado cuenta, inclusive, nacimos ya devorados.
¿Qué se siente estar jugando frente al propio destino? Es algo fatal y necesario, un deseo intenso, un escalofrío en todo el cuerpo, temblor de piernas y espanto, un hormigueo de fuego, una intoxicación de la fantasía, en pocas palabras… no sé. Pero lo que haya sido, lo sintió nuestro personaje Alexei Ivánovich y el lector es su cómplice más fiel.



Bibliografía
Dostoievski, Fedor. El jugador. Salvat Editores. España, 1971. Pp. 189.

Por Sergio Iván Ramírez Huerta



domingo 11 de octubre de 2009

ABRIL SIN ALBA


Todo falta, no es necesaria la prosa
y mucho menos el verso.
Darle sentido a las palabras
que, huecas, explotan por el aire.
Lucecillas tenues que se extinguen
al leve roce del vacío labio.
Manecillas en reversa que se deprimen
por ir en un sentido que disgusta,
como las ideas burdas
que vagan en las paredes del alma.
¡Cuando hay alma, claro está!
A veces falta todo,
mirar niñas desnudas
donde sólo existen las quimeras perdidas.
Quejidos vanos porque todo es "vano".

Que nos oprime el celo,
vocablos brutos, los de siempre, los que no cambian,
experimentar la nada de la "nada" misma.
No entender de qué se trata la mañana
ni el azul ni la espuma ni la tarde
cuando el mar se hace polvo con abril.

Dedos que provocan y advierten el asco
y desaparecen con la música.
Adolescentes solos que se van
al emborracharse el alba.
El alba sin sueños.

Que a veces todo falta.
La sonrisa de un herido
al ir haciendo surcos con los dientes
por un ranúnculo camino.
Carne que se disloca con el cincelazo
de mi acento, cuando todo falta.




Por Sergio Iván Ramírez Huerta



viernes 2 de octubre de 2009

02 DE OCTUBRE "SÍ SE OLVIDA"

Como no había hombres inteligentes,
a mi papá lo hicieron alcalde.
-Dicho popular-


No estoy en contra de aquellos punketos, rancheros, darketos, pandilleros, chichinflas y malasfachas, mucho menos en esa manía o maña de hacer una gran fiesta acompañada de escándalo y destrozos ¡vamos! Una imitación de Avándaro teniendo como público a veinte o treinta personas previamente drogadas con aspirina y refresco, escuchando de igual manera en una grabadora a The Doors, Led Zeppelin, Alex Lora, Los Huracanes del Norte, Timbiriche y Aniceto Molina. Lo repito: ¡No estoy en contra!, inclusive, "me viene valiendo un reberendo comino", diría mi madre.

Desafortunadamente, tenemos la costumbre de hacer fiesta por todo, sin importar el conocimiento superficial o profundo que tengamos de cualquier suceso histórico que nos competa como país. El sentimiento mexicano es una flatulencia que resuena con cualquier retortijón. Si cumple años la bandera; suspendemos clases y hacemos fiesta. Si llega la primavera; los chamacos no van a clases y hacemos fiesta. Si es el informe presidencial; dejamos cerradas las puertas de la escuela, nos ponemos a ver la T.V. y hacemos fiesta. Si la Guadalupana bajó al Tepeyac; hacemos fiesta y los escuincles se quedan igual de analfabetas.

Tengo que admitirlo: "se me olvidó el dos de octubre y qué". Nadie, creo, se puede inmutar u ofender. Por qué nadie me dice que los estudiantes asesinados no solamente en la Plaza de las Tres Culturas sino también en las calles, hogares, trabajos y demás lugares donde los hayan perseguido: FUERON UNA GENERACÍON ENGAÑADA. Sí, lo digo con mayúsculas. Los intereses eran diversos según la esfera social. Los "jodidos" siempre estarán así o peor, mientras que los acaudalados siempre tienden a elevar sus ganancias. Era fácil manipular a cien soñadores que a mil. Un joven desprovisto de ideas, jamás podía luchar contra una bayoneta calada. Eran muchos y “los inteligentes lograron salvarse”. Qué raro, sólo en México sucede eso.

Y para qué podemos recordar el dos de octubre. Algunos se podrán poner una playera con el rostro del Che Guevara o alguna frase de Simón Bolívar. Pueden tomar a la fuerza, claro está, unas cuantas unidades de trasporte público para hacer un incendio masivo. Desnudarse para salir en un canal local. Hacer una pequeña "tocada" conformada por individuos que no han acabado siquiera la secundaria. Gritar frases dizque anarquistas o hacer una marcha que inicie en "x" punto y termine frente al palacio de gobierno. Algunos podrán hacer todo lo antes señalado, sin darse cuenta que están cayendo en la misma estupidez que llevó a aquellos jóvenes y acarreados --entiéndase los que participaron en el movimiento estudiantil de 1968-- a terminar con su vida.
El gobierno de la época podemos calificarlo de despótico, ya que nunca lo vimos con nuestros propios ojos. Se pedía libertad en todos los aspectos. Fue concedida y ahora no sabemos como utilizarla. Los medios lograron su afamada "libertad de prensa" y ahora no se respeta a nuestro máximo mandatario. Los jóvenes tienen la tan perseguida "libertad" y se pueden comer el mundo a bocanadas. Tanta "libertad" ha echo de nuestro gobierno un alfeñique sin autoridad y bueno para nada. Sin disciplina no se consiguen las cosas.

¿Qué se consiguió? En apariencia nada. Las carencias van en aumento. La palabra "libertad" es tan abstracta que no se alcanzamos a comprender su significado. Si entendemos el dos de octubre como una fecha para celebrar, guardar luto o hacer homenaje a los "caídos"... cuán equivocados estamos. Respeto la ideología de todos. Ésta es la mía y espero no herir susceptibilidades.

Dejémos de manifestaciones y hagamos algo, no por el país, sino por nosotros mismos.

Y como diría el merolico que en la esquina ondea una bandera mexicana: "que no le digan y que no le cuenten, porque es mentira lo que no mira". Con su alentador letrero junto a los pies que dice: "¡Viba Méjico, cavrones!"


Por Sergio Iván Ramírez Huerta



jueves 17 de septiembre de 2009

EL TORO DE CASI DOS METROS





Entonces quebró la taza del baño. El depósito aparecía intacto, como si un cirujano hubiera colocado el culo en la parte exacta y... ¡Vaya! Nadie era culpable. Los padres de Mariana tenían el diablo en la cara y nos miraban como se tiene que ver a los borrachos que nos insultan cuando más brutos están. "Yo no fui, pero sé quién pudo hacerlo", dije para mí. Lo mismo pudo atravesar en la mente de cada uno de nosotros mientras nos culpábamos mutuamente y en silencio. "Me lleva la que me trajo, entre todos vamos a tener que pagar ese destrozo y ya no cargo ni para el taxi. Ojalá que nomás nos corran y nos libramos de ésta. Señor que estás en el cielo, no me desampares y que nadie me aviente la piedra de la culpabilidad, porque yo no hice nada", pensé. Empezó a llover, una a una, todas las miradas sobre mí. Luego se fueron para otra persona y así sucesivamente. Con los ojos nos preguntábamos unos a otros quién pudo haber quebrado aquel retrete. Ya no había lugar pa´ ir a mear. Los hombres como sea, podíamos tirar el agua en cualquier neumático o banqueta, pero las mujeres se tendrían que amarrar la fuga. ¡Mierda! Cuando subí ya había un tiradero y pisé, sin querer o sin darme cuenta, unos mojones e hice un embarradero en todos lados. Ni modo que me levantara y dijera: "perdonen, señores padres de Marianita, yo sólo subí y ya estaba todo el desmadre. Nomás de lo que soy culpable fue del embarradero en la sala y la escalera. Lo confieso y con el permiso de ustedes me retiro". Me iba a ver demasiado miserable, ojaldra y gandaya. Todos éramos culpable o nadie lo era. Mariana no paraba de chillar y su papá tenía una cara que manifestaba un gran interés en agarrarnos a chingazos a uno por uno sin importar escolaridad, color de piel, status social, religión, edad o género. La mamá hacía lo propio mirando principalmente a las mujeres. Éramos doce, sin contar a Mariana, los que nos habíamos pasado de fiesteros. Nadie hablaba, no sé si por miedo o para no hacer más duradero aquel momento. Nada que nos corrían. Eran los cinco minutos que más han tardado en mi corta existencia. Con tragos tímidos nos terminamos la cheve que teníamos en la mano cada uno. Ya ni cigarros salieron. La música fue cortada de tajo por el dedo inquisidor de la madre. El padre, mientras recorría a todos con la vista, bufaba como toro dispuesto a matar al torero. Miró a Francisco y éste bajó la mirada. Se pasó con Toni y le dijo "ustedes qué se creen, güercos jodidos y catarros. Deberían tener güevos para arreglar el mierdero que hicieron en el baño. Ahora nadie va a ser el culpable. No valen pa´ pura...". Ahí fue donde lo interrumpí. No me gustó como le estaba gritando a Toni ya que era el más chico de todos y éste quiso hacerle a la llorona. "Mire, señor, primero una disculpa ya que no creo que lo haya echo ni Toni ni Francisco ni Claudia ni nadie de los que estamos aquí". Saqué toda mi gallardía. Me quise hacer el valiente y pa´ luego que se me pone enfrente el señor, como sucede en las películas donde los cabos le gritan a los soldados razos sin que éstos puedan contestar. "Me va a soltar un cachetadón y me va a sacar a voltear la cara. Piernas, corran como gacelas", pensé. El viejón de casi dos metros se me puso cara a cara, bueno, en realidad yo le llegaba apenas al cuello. Escupió hacia su lado derecho y me vio con ganas de masacrarme. "¿Te sientes muy picudo, puberto granoso? Ya ví que tienes los sufientes güevos para defender al mariquita de tu amigo. Ten los mismos para decirme quién fué, sino todos van a dejarme el baño como nuevo y de aquí no se van a ir limpios. ¿Me oyes?" Neta que me quedé sin habla. Nadie quería hablar. Voltié de soslayo para ver si alguien me hacía segunda y de perdida entre dos ó tres me lo quitaban de encima o cuando menos lo hacían calmarse. "Esto va a dejar de ser familiar" le dije con la mirada a Roberto que no sabía que hacer. "Ya estubo, señor, aguante vara. Yo sé quién le desmadró el cagadero. Nomás hágase pa´ allá, porque me pone nervioso", le dije. El padre se me quitó de enfrente y se colocó entre su esposa y la hija. ¿Ahora que iba a decirles? De dónde iba a sacar un culpable. Todos éramos sospechosos. Yo y mi gran bocota. Todos me volteron a ver como diciendo "No seas gacho, no digas que yo fui". Tomé aire. Fui a coger la última caguama de la hielera y le pedí a Esmeralda que me prestara su destapador. Abrí la cerveza y le di un trago de esos que jalan hondo. "Pegadores", pues, pa´ que me entiendan. Jalé aire de nuevo y dije: "La taza del baño la quebró su hija Mariana. Andaba bien peda y se fue a dar un pericazo, pa´ mí que es bien guarra y trae el chango descalabrado por alguien que la mandó a volar. Ella fue la última en subir a mear antes que yo. Me la topé en los escalones y ya venía lloriqueando. Subió a cagar y quebró todo. Ahora nos quiere echar la culpa porque es muy ojete". Todos me querían matar y los padres eran los más deseosos de hacerlo. Mis cuates no podían creer lo que yo acababa de decir y se quedaron con la bocota abierta. La verdad es que no tenia ni una vaga idea de quién pudo haber hecho aquel estrago y sólo por salir bien librado tube que meter entre las patas del caballo a Marianita. La chamaca empezó llorar con todas las ganas del mundo. Los gritos se oían bien machin "Yo no fui papi, te lo juro que yo no fui. Tampoco he tomado. Qué se cree este cretino. Dile algo papi". "P´os qué fregados te crees, inche güerco. Con mi hija no te metas. Te voy a partir toda tu mad...". Se me dejó venir el señor con los puños por delante. Le quise dar un trago más a la caguama pero opté por dejarsela ir con todas las fuerzas que me quedaban. Le di en la cabeza. "Ahora sí te va a cargar", me dijo. Corrí como alma que lleva el diablo. Desde la esquina alcancé a voltear de soslayo. Toni, Claudia, Mario, Francisco y Esmeralda me seguían. Alguien de los que iba conmigo dijo: "corre, Güey, ya lo mandaste a la fregada". No se podía ni levantar aquel torote de casi 2 metros. Lo último que alcance a ver fue su figura desplomandose y un chorrito de sangre que brotaba desde su frente. No sé ni como llegué a mi casa. No pasó ni media hora cuando ya estaban dos patrullas afuera con sus luces encendias. Nomas estuvieron dos minutos y se fueron. Los vi por la ventana. No volví a salir en dos semanas y no me volvieron a invitar, mis dizque cuates, a fiesta alguna. Y mira que yo les hice un parazo para salvarles el pellejo. Ahora que lo recuerdo me siento un héroe sin seguidores. Pero lo bailado nadie me lo quita y de eso hay testigos...




Por Sergio Iván Ramírez Huerta


sábado 4 de julio de 2009

El silencio que trajo Yolanda



No quería beber agua, y mira que se la acababa de echar al bote. Nunca lo había visto así de desesperado. Quería saltar, ladrar, correr, aullar y sobretodo quería morderme porque me enseñaba los colmillos como diciendo "te arrancaré los oídos o quizás la nariz y labios, te dejaré a la vista la carne de la cara". En los ojos tenía el miedo asomando y le salía baba a borbotones. No sé a que le podría temer. Papá y yo acabábamos de matar las ratas enormes que se habían apoderado del patio trasero, teníamos que usar una varilla o un machete para darles muerte, ni las pedradas ni el agua hirviendo les hacian algun daño. Cuando el machete las aplacaba de uno o dos tajos, brotaba la sangre como si tuvieran la yugular de humano y ni hablar del ruido tan espantoso que hacían. Cierto que las estábamos matando pero el sonido era similar al de los recien nacidos. Pero el caso no es ese. Mi perro tenía un miedo espantoso a tomar agua. "Lobo, Lobo. No me gruñas. Mírame. Tranquilo, tranquilo. Soy yo. Lobo", le decía casi a grito tendido, pero sólo paraba las orejas como si se estuviera preparando para atacar. 'Lobo' sé que suena estúpido ponerle el nombre de otra especie, pero nunca lo pensé a fondo al bautizarlo. "Es un perro, no una persona. Tú puedes llamarlo como se te antoje" me dijo mi padre y andaba sobrio cuando lo hizo, le tomé la palabra. Pero insisto, el caso a tratar no es ese. Quizás el agua no estaba en buen estado, o el bote estaba sucio, pero aún recuerdo que salió directo de la manguera, yo tomé también y no me supo amarga ni ácida ni a cloro. Desde que falleció mi hermana todo ha cambiado. A Lobo parece que se le metió el diablo. Yo no puedo dormir por las noches, por consiguiente tengo que hacerlo durante el día. Hasta la fecha mi padre no ha querido hablar de Yolanda (mi hermana), ha suspendido la compra del periódico y la tele casi no se prende en todo el día. Nada de noticias. He perdido muchos amigos y dentro de la casa se respira aire pesado, apestoso, negro. He sentido que alguien se me queda viendo a la espalda, me detengo, miro de soslayo y no hay nada ni nadie. Ayer me pareció mirar una sombra, como un vientecito, como una mujer que se fue volando. Me quedé sin habla. Igual estube frente a Lobo durante casi cinco o diez minutos, quizás fue más tiempo. No lo recuerdo bien. Él parecía un loco. De pronto se paró en dos patas y empezó a caminar como si fuera un hombre. Quise correr pero sus colmillos aún asomaban al demonio. Me quedé frío. Quise llorar, correr, gritar..., quise hacer mil cosas pero ni siquiera mis dedos respondían, mucho menos mi boca. Papá no estaba en casa, de otra forma pude haberle llamado y éste habría traído el machete o la varilla, aún con sangre negruzca pegada. No hubiésemos matado a Lobo, claro está, aunque él tubiera los ojos, la piel o la cola del diablo. Le habríamos metido un susto. Cuando nos miraba matar ratas se la pasó aullando y no nos quitaba la vista de encima. No puedo decir que perro y ratas fueran amigos ni nada por el estilo, de echo en cierta ocasión Lobo amaneció todo mordisqueado, parecía que lo habían quemado vivo, lo extraño es que no escuchamos que se quejara durante la noche y madrugada. La carne se le veía roja, negra, morada, verde y tenía pus, mucha pus, nunca vi tanta pus en un animal. Lo inyectamos con antibióticos y le echamos una pomada que nos dió el veterinario. Se recuperó en tres días, elpelo le salió de repente, estaba, parecía tener pelaje de caballo pues era muy grueso y limpio, hasta en la oscuridad le brillaba. Era muy bonito. Pero no sé porqué me desvío del tema: Lobo no quería beber agua. Le temía como si ésta fuera lumbre. Me desconocía y yo también lo desconocía a él. Los gruñidos fueron en aumento. La lengua, su lengua claro, tenía un tono grisaceo como los ostiones. La mirada, esa mirada nunca la olvidaré, fue como si en realidad me estuvieran observando todas las víboras del mundo. Si Yolanda hubiera estado presente, juro por Dios que nada hubiera pasado. Ella me lo hubiera quitado de ensima "tu eres mis ojos, nunca te dejo solo, yo te cuido" parece como si la estuviera oyendo en mi oído, despacito, tierna, llorando. Los gruñidos y ladridos se confunden, es como el sonido que hacían las ratas al ser atravezadas por la varilla más mis gritos más los quejidos de Yolanda cuando estaba con su novio en el cuarto de ella, previamente cerrado por dentro. Todo daba como resultado un sonido espantoso. Los colmillos se entierran en la carne y no se siente nada, sólo un chorrito caliente que emana desde adentro. Lobo es más alto que yo, creció de repente, cuando se puso en dos patas me sobrepasó por mucho. La sangre, mía por supuesto, me cegó. Despues del dolor no hay nada, sólo el sueño y ahí es donde nacen las palabras que nunca salen de la garganta, claro, si aún hay una garganta "Lobo, Lobo. Soy yo. Te hablo. Lobo, porqué no me reconoces. Ya no hay ratas. Yolanda ahí viene, ahí está y te habla. Quítate. Me duele. Lobo, te habla Yolanda. Papá, papá. Quítame a lobo. Échenle el agua encima". Palabras que se pierden con la claridad del miedo, y el miedo luego sale huyendo para perderse en la oscuridad.




POR SERGIO IVAN RAMIREZ HUERTA