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lunes, 7 de diciembre de 2009

Ensayo que surge a partir de la lectura de la obra "El Jugador" de Dostoievsky




Alexei Ivánovich es, sin duda, un personaje tan redondo como gris. Todos somos Alexei Ivánovich



¡Que horribles burlas gasta el destino a veces!
–F. Dostoievski




Es cierto que estamos frente a un personaje extranjero en todos los lugares del mundo. Representa a los rusos, sin embargo, él acepta que todas las nacionalidades compiten en desajustes, incongruencias y defectos. Desde el primer capítulo nos muestra una serie de pleitos verbales. En voz alta y sin pedir la palabra se mete en conversaciones de las que carece de arte y parte: sólo con el fin de reñir, pues le da lo mismo un polaco que un francés.
No hay duda de que el lector aprecia y -¡oh, conciencia vil!-, hasta llega a identificarse con los personajes principales. Todos tenemos nuestra propia “ruleta”. Un vicio esférico que nos muestra la circularidad que envuelve a los seres humanos. ¿Por qué nos vemos reflejados en los personajes llenos de problemas? La respuesta más lógica sería: “por que nosotros estamos envueltos en una nube que contiene todos los problemas posibles, tanto existenciales como morales, religiosos o físicos”.
Alexei Ivánovich tienes varios conflictos. Carece de autoestima y valor para demostrar sus sentimientos de una manera razonable. Siente celos. No sabe conducir sus intereses. No encuentra algo que lo lleve a la satisfacción. Se puede tomar “la victoria frente a la ruleta” como una satisfacción, pero no es plena, ya que lo mueve un interés mayor: conquistar a una dama, desafortunadamente, “la ruleta se vuelve contra él”. La mujer no aprecia el dinero como un escape a su situación de desprecio o de impotencia.
Ahora tomemos el juego de la ruleta que Ivánovich como confiesa en el capítulo II, que el juego no es de su agrado, aunque el corazón le palpita.

Como también yo estaba entonces poseído
en el más alto grado del deseo de ganar,
todo este interés y toda esa sucia
avidez, si lo queréis, al entrar en la sala,
me resultaron algo cómodo y familiar.

El personaje tiene una panorámica basta sobre todo lo que envuelve al juego. Ha clasificado a las personas que asisten al casino en verdaderos caballero y simple gentuza u observadores. El interés y las trampas en que se basa y descansa la banca. Conoce a la perfección el ambiente y las personas que intervienen dentro del juego. No ignora las suertes fortuitas, el orden y el extraño sistema que engloban a la llamada “suerte”.
Me parece clave una frase que señala dentro del capítulo IV “hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, al darle una bofetada, de sacarle la lengua”. El ser humano nunca se ha podido ajustar a los cambios repentinos. Carece de muchas respuestas ante la simple existencia, por ello ha creado dioses y ha enaltecido su propio orgullo. Se ha sabido valer de la ciencia y la tecnología para hacer un poco más placentera su presencia, sin embargo, el tentar al destino no es algo nuevo, lo vemos representado de alguna forma en la literatura griega, es decir, volvemos a la circularidad del tiempo, como la pelotita que gira en la ruleta, cae en un espacio rojo o negro, para volver a hacerlo unos minutos después.
Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos. En nuestro caso, no se puede tomar de la misma forma el dicho. Nuestro personaje tiene la necesidad de tener dinero ya que el dinero lo representa todo. Aquel que lo tenga podrá adquirir la felicidad, aparentemente. Todos dependen de alguna manera de una herencia por alguien que está a punto de “estirar la pata”. El verdadero conflicto se da una vez que aparece el personaje de la abuela de 75 años de edad, Antonida Vasílievna Tarasíevicheva, temible y rica terrateniente y señora de Moscú. Le hace ver el futuro a cada uno y borra del mapa hereditario a algunos otros. Ahí es donde nuestra historia va a tomar rumbo. La vieja se ve envuelta en el ambiente del casino, llega a conocer la gloria y el fracaso en un santiamén.
Lo que resulta atractivo y hasta cierto punto identificatorio con el lector –bueno, en mi caso sí–, son las actitudes que toman aquellos que se evaden del mundo para sólo concentrarse en el dinero y la dirección que ha de tomar la pelotita, como si de ella dependiera el destino y la vida de todo aquel jugador.
La abuela advierte en el capítulo X:

…Según se decía alrededor, llevaba ganados ya
los cuarenta mil, que tenía ante él, en oro y
billetes de banco. Estaba pálido, sus ojos brillaban
y le temblaban las manos; apostaba, ya sin pensarlo,
lo que podía coger con la mano, pero siempre ganaba
y seguía amontonando dinero.
–¡Es una lástima! Va a perderlo todo, él se lo busca…
No puedo mirarlo, no hace más que ganar. ¡Qué animal!


Y es ella la que se contradice a su propia predicción. Los ojos ardientes se clavaron en la bolita que saltaba por las ranuras, luego esa misma mirada se ve torpe y perdida ante la derrota. La persigue la ruina. No es algo actual que el dinero sea el motor que haga funcionar a toda una sociedad, aunque los valores morales se vean pisoteados. La literatura nos lo muestra desde siempre.
Sucede un extraño fenómeno ante la victoria. La persona no puede retirarse triunfante, la sed y ambición de poseer más y más poder lo lleva, en la mayoría de los casos, a un declive que culmina en el suelo.
Si antes mencioné que la necesidad es la madre de todos los inventos; la tentación es la madre de todos los vicios. Alexei Ivánovich se ve envuelto en un giro de la ruleta, y no sólo me refiero al juego, una aparente victoria lo conduce a recuperar un status que pensaba perdido. Una vez que tiene dinero, pierde lo que en realidad buscaba: Polina. En cambio, las mujeres y algunos hombres acuden a él como los buitres acuden a la carroña. Alexei tiene un vuelco impresionante en su vida. Se va a Paris y nuevamente vuelve a ser extranjero. Se casa y es subyugado, aunque ya estaba esclavizado por el juego de la pelotita que gira y gira para caer en el número o color que le de la gana. El dinero juega un papel importante en su vida. Ahora la necesidad se vuelve parte de la tentación.
La obra cierra con un mensaje que no puedo dejar de lado en este texto. Ante todas las circunstancias favorables o no, uno debe saber retirarse a tiempo, una vez que no lo haga, la vida siempre nos da una nueva oportunidad y de nosotros depende saber aprovecharla. Pero no por ello va a dejar de dar vueltas la ruleta, al contrario, esa rotación constante es una bestia que nos ha devorado sin habernos dado cuenta, inclusive, nacimos ya devorados.
¿Qué se siente estar jugando frente al propio destino? Es algo fatal y necesario, un deseo intenso, un escalofrío en todo el cuerpo, temblor de piernas y espanto, un hormigueo de fuego, una intoxicación de la fantasía, en pocas palabras… no sé. Pero lo que haya sido, lo sintió nuestro personaje Alexei Ivánovich y el lector es su cómplice más fiel.



Bibliografía
Dostoievski, Fedor. El jugador. Salvat Editores. España, 1971. Pp. 189.

Por Sergio Iván Ramírez Huerta



domingo, 11 de octubre de 2009

ABRIL SIN ALBA


Todo falta, no es necesaria la prosa
y mucho menos el verso.
Darle sentido a las palabras
que, huecas, explotan por el aire.
Lucecillas tenues que se extinguen
al leve roce del vacío labio.
Manecillas en reversa que se deprimen
por ir en un sentido que disgusta,
como las ideas burdas
que vagan en las paredes del alma.
¡Cuando hay alma, claro está!
A veces falta todo,
mirar niñas desnudas
donde sólo existen las quimeras perdidas.
Quejidos vanos porque todo es "vano".

Que nos oprime el celo,
vocablos brutos, los de siempre, los que no cambian,
experimentar la nada de la "nada" misma.
No entender de qué se trata la mañana
ni el azul ni la espuma ni la tarde
cuando el mar se hace polvo con abril.

Dedos que provocan y advierten el asco
y desaparecen con la música.
Adolescentes solos que se van
al emborracharse el alba.
El alba sin sueños.

Que a veces todo falta.
La sonrisa de un herido
al ir haciendo surcos con los dientes
por un ranúnculo camino.
Carne que se disloca con el cincelazo
de mi acento, cuando todo falta.




Por Sergio Iván Ramírez Huerta



viernes, 2 de octubre de 2009

02 DE OCTUBRE "SÍ SE OLVIDA"

Como no había hombres inteligentes,
a mi papá lo hicieron alcalde.
-Dicho popular-


No estoy en contra de aquellos punketos, rancheros, darketos, pandilleros, chichinflas y malasfachas, mucho menos en esa manía o maña de hacer una gran fiesta acompañada de escándalo y destrozos ¡vamos! Una imitación de Avándaro teniendo como público a veinte o treinta personas previamente drogadas con aspirina y refresco, escuchando de igual manera en una grabadora a The Doors, Led Zeppelin, Alex Lora, Los Huracanes del Norte, Timbiriche y Aniceto Molina. Lo repito: ¡No estoy en contra!, inclusive, "me viene valiendo un reberendo comino", diría mi madre.

Desafortunadamente, tenemos la costumbre de hacer fiesta por todo, sin importar el conocimiento superficial o profundo que tengamos de cualquier suceso histórico que nos competa como país. El sentimiento mexicano es una flatulencia que resuena con cualquier retortijón. Si cumple años la bandera; suspendemos clases y hacemos fiesta. Si llega la primavera; los chamacos no van a clases y hacemos fiesta. Si es el informe presidencial; dejamos cerradas las puertas de la escuela, nos ponemos a ver la T.V. y hacemos fiesta. Si la Guadalupana bajó al Tepeyac; hacemos fiesta y los escuincles se quedan igual de analfabetas.

Tengo que admitirlo: "se me olvidó el dos de octubre y qué". Nadie, creo, se puede inmutar u ofender. Por qué nadie me dice que los estudiantes asesinados no solamente en la Plaza de las Tres Culturas sino también en las calles, hogares, trabajos y demás lugares donde los hayan perseguido: FUERON UNA GENERACÍON ENGAÑADA. Sí, lo digo con mayúsculas. Los intereses eran diversos según la esfera social. Los "jodidos" siempre estarán así o peor, mientras que los acaudalados siempre tienden a elevar sus ganancias. Era fácil manipular a cien soñadores que a mil. Un joven desprovisto de ideas, jamás podía luchar contra una bayoneta calada. Eran muchos y “los inteligentes lograron salvarse”. Qué raro, sólo en México sucede eso.

Y para qué podemos recordar el dos de octubre. Algunos se podrán poner una playera con el rostro del Che Guevara o alguna frase de Simón Bolívar. Pueden tomar a la fuerza, claro está, unas cuantas unidades de trasporte público para hacer un incendio masivo. Desnudarse para salir en un canal local. Hacer una pequeña "tocada" conformada por individuos que no han acabado siquiera la secundaria. Gritar frases dizque anarquistas o hacer una marcha que inicie en "x" punto y termine frente al palacio de gobierno. Algunos podrán hacer todo lo antes señalado, sin darse cuenta que están cayendo en la misma estupidez que llevó a aquellos jóvenes y acarreados --entiéndase los que participaron en el movimiento estudiantil de 1968-- a terminar con su vida.
El gobierno de la época podemos calificarlo de despótico, ya que nunca lo vimos con nuestros propios ojos. Se pedía libertad en todos los aspectos. Fue concedida y ahora no sabemos como utilizarla. Los medios lograron su afamada "libertad de prensa" y ahora no se respeta a nuestro máximo mandatario. Los jóvenes tienen la tan perseguida "libertad" y se pueden comer el mundo a bocanadas. Tanta "libertad" ha echo de nuestro gobierno un alfeñique sin autoridad y bueno para nada. Sin disciplina no se consiguen las cosas.

¿Qué se consiguió? En apariencia nada. Las carencias van en aumento. La palabra "libertad" es tan abstracta que no se alcanzamos a comprender su significado. Si entendemos el dos de octubre como una fecha para celebrar, guardar luto o hacer homenaje a los "caídos"... cuán equivocados estamos. Respeto la ideología de todos. Ésta es la mía y espero no herir susceptibilidades.

Dejémos de manifestaciones y hagamos algo, no por el país, sino por nosotros mismos.

Y como diría el merolico que en la esquina ondea una bandera mexicana: "que no le digan y que no le cuenten, porque es mentira lo que no mira". Con su alentador letrero junto a los pies que dice: "¡Viba Méjico, cavrones!"


Por Sergio Iván Ramírez Huerta



jueves, 17 de septiembre de 2009

EL TORO DE CASI DOS METROS





Entonces quebró la taza del baño. El depósito aparecía intacto, como si un cirujano hubiera colocado el culo en la parte exacta y... ¡Vaya! Nadie era culpable. Los padres de Mariana tenían el diablo en la cara y nos miraban como se tiene que ver a los borrachos que nos insultan cuando más brutos están. "Yo no fui, pero sé quién pudo hacerlo", dije para mí. Lo mismo pudo atravesar en la mente de cada uno de nosotros mientras nos culpábamos mutuamente y en silencio. "Me lleva la que me trajo, entre todos vamos a tener que pagar ese destrozo y ya no cargo ni para el taxi. Ojalá que nomás nos corran y nos libramos de ésta. Señor que estás en el cielo, no me desampares y que nadie me aviente la piedra de la culpabilidad, porque yo no hice nada", pensé. Empezó a llover, una a una, todas las miradas sobre mí. Luego se fueron para otra persona y así sucesivamente. Con los ojos nos preguntábamos unos a otros quién pudo haber quebrado aquel retrete. Ya no había lugar pa´ ir a mear. Los hombres como sea, podíamos tirar el agua en cualquier neumático o banqueta, pero las mujeres se tendrían que amarrar la fuga. ¡Mierda! Cuando subí ya había un tiradero y pisé, sin querer o sin darme cuenta, unos mojones e hice un embarradero en todos lados. Ni modo que me levantara y dijera: "perdonen, señores padres de Marianita, yo sólo subí y ya estaba todo el desmadre. Nomás de lo que soy culpable fue del embarradero en la sala y la escalera. Lo confieso y con el permiso de ustedes me retiro". Me iba a ver demasiado miserable, ojaldra y gandaya. Todos éramos culpable o nadie lo era. Mariana no paraba de chillar y su papá tenía una cara que manifestaba un gran interés en agarrarnos a chingazos a uno por uno sin importar escolaridad, color de piel, status social, religión, edad o género. La mamá hacía lo propio mirando principalmente a las mujeres. Éramos doce, sin contar a Mariana, los que nos habíamos pasado de fiesteros. Nadie hablaba, no sé si por miedo o para no hacer más duradero aquel momento. Nada que nos corrían. Eran los cinco minutos que más han tardado en mi corta existencia. Con tragos tímidos nos terminamos la cheve que teníamos en la mano cada uno. Ya ni cigarros salieron. La música fue cortada de tajo por el dedo inquisidor de la madre. El padre, mientras recorría a todos con la vista, bufaba como toro dispuesto a matar al torero. Miró a Francisco y éste bajó la mirada. Se pasó con Toni y le dijo "ustedes qué se creen, güercos jodidos y catarros. Deberían tener güevos para arreglar el mierdero que hicieron en el baño. Ahora nadie va a ser el culpable. No valen pa´ pura...". Ahí fue donde lo interrumpí. No me gustó como le estaba gritando a Toni ya que era el más chico de todos y éste quiso hacerle a la llorona. "Mire, señor, primero una disculpa ya que no creo que lo haya echo ni Toni ni Francisco ni Claudia ni nadie de los que estamos aquí". Saqué toda mi gallardía. Me quise hacer el valiente y pa´ luego que se me pone enfrente el señor, como sucede en las películas donde los cabos le gritan a los soldados razos sin que éstos puedan contestar. "Me va a soltar un cachetadón y me va a sacar a voltear la cara. Piernas, corran como gacelas", pensé. El viejón de casi dos metros se me puso cara a cara, bueno, en realidad yo le llegaba apenas al cuello. Escupió hacia su lado derecho y me vio con ganas de masacrarme. "¿Te sientes muy picudo, puberto granoso? Ya ví que tienes los sufientes güevos para defender al mariquita de tu amigo. Ten los mismos para decirme quién fué, sino todos van a dejarme el baño como nuevo y de aquí no se van a ir limpios. ¿Me oyes?" Neta que me quedé sin habla. Nadie quería hablar. Voltié de soslayo para ver si alguien me hacía segunda y de perdida entre dos ó tres me lo quitaban de encima o cuando menos lo hacían calmarse. "Esto va a dejar de ser familiar" le dije con la mirada a Roberto que no sabía que hacer. "Ya estubo, señor, aguante vara. Yo sé quién le desmadró el cagadero. Nomás hágase pa´ allá, porque me pone nervioso", le dije. El padre se me quitó de enfrente y se colocó entre su esposa y la hija. ¿Ahora que iba a decirles? De dónde iba a sacar un culpable. Todos éramos sospechosos. Yo y mi gran bocota. Todos me volteron a ver como diciendo "No seas gacho, no digas que yo fui". Tomé aire. Fui a coger la última caguama de la hielera y le pedí a Esmeralda que me prestara su destapador. Abrí la cerveza y le di un trago de esos que jalan hondo. "Pegadores", pues, pa´ que me entiendan. Jalé aire de nuevo y dije: "La taza del baño la quebró su hija Mariana. Andaba bien peda y se fue a dar un pericazo, pa´ mí que es bien guarra y trae el chango descalabrado por alguien que la mandó a volar. Ella fue la última en subir a mear antes que yo. Me la topé en los escalones y ya venía lloriqueando. Subió a cagar y quebró todo. Ahora nos quiere echar la culpa porque es muy ojete". Todos me querían matar y los padres eran los más deseosos de hacerlo. Mis cuates no podían creer lo que yo acababa de decir y se quedaron con la bocota abierta. La verdad es que no tenia ni una vaga idea de quién pudo haber hecho aquel estrago y sólo por salir bien librado tube que meter entre las patas del caballo a Marianita. La chamaca empezó llorar con todas las ganas del mundo. Los gritos se oían bien machin "Yo no fui papi, te lo juro que yo no fui. Tampoco he tomado. Qué se cree este cretino. Dile algo papi". "P´os qué fregados te crees, inche güerco. Con mi hija no te metas. Te voy a partir toda tu mad...". Se me dejó venir el señor con los puños por delante. Le quise dar un trago más a la caguama pero opté por dejarsela ir con todas las fuerzas que me quedaban. Le di en la cabeza. "Ahora sí te va a cargar", me dijo. Corrí como alma que lleva el diablo. Desde la esquina alcancé a voltear de soslayo. Toni, Claudia, Mario, Francisco y Esmeralda me seguían. Alguien de los que iba conmigo dijo: "corre, Güey, ya lo mandaste a la fregada". No se podía ni levantar aquel torote de casi 2 metros. Lo último que alcance a ver fue su figura desplomandose y un chorrito de sangre que brotaba desde su frente. No sé ni como llegué a mi casa. No pasó ni media hora cuando ya estaban dos patrullas afuera con sus luces encendias. Nomas estuvieron dos minutos y se fueron. Los vi por la ventana. No volví a salir en dos semanas y no me volvieron a invitar, mis dizque cuates, a fiesta alguna. Y mira que yo les hice un parazo para salvarles el pellejo. Ahora que lo recuerdo me siento un héroe sin seguidores. Pero lo bailado nadie me lo quita y de eso hay testigos...




Por Sergio Iván Ramírez Huerta


sábado, 4 de julio de 2009

El silencio que trajo Yolanda



No quería beber agua, y mira que se la acababa de echar al bote. Nunca lo había visto así de desesperado. Quería saltar, ladrar, correr, aullar y sobretodo quería morderme porque me enseñaba los colmillos como diciendo "te arrancaré los oídos o quizás la nariz y labios, te dejaré a la vista la carne de la cara". En los ojos tenía el miedo asomando y le salía baba a borbotones. No sé a que le podría temer. Papá y yo acabábamos de matar las ratas enormes que se habían apoderado del patio trasero, teníamos que usar una varilla o un machete para darles muerte, ni las pedradas ni el agua hirviendo les hacian algun daño. Cuando el machete las aplacaba de uno o dos tajos, brotaba la sangre como si tuvieran la yugular de humano y ni hablar del ruido tan espantoso que hacían. Cierto que las estábamos matando pero el sonido era similar al de los recien nacidos. Pero el caso no es ese. Mi perro tenía un miedo espantoso a tomar agua. "Lobo, Lobo. No me gruñas. Mírame. Tranquilo, tranquilo. Soy yo. Lobo", le decía casi a grito tendido, pero sólo paraba las orejas como si se estuviera preparando para atacar. 'Lobo' sé que suena estúpido ponerle el nombre de otra especie, pero nunca lo pensé a fondo al bautizarlo. "Es un perro, no una persona. Tú puedes llamarlo como se te antoje" me dijo mi padre y andaba sobrio cuando lo hizo, le tomé la palabra. Pero insisto, el caso a tratar no es ese. Quizás el agua no estaba en buen estado, o el bote estaba sucio, pero aún recuerdo que salió directo de la manguera, yo tomé también y no me supo amarga ni ácida ni a cloro. Desde que falleció mi hermana todo ha cambiado. A Lobo parece que se le metió el diablo. Yo no puedo dormir por las noches, por consiguiente tengo que hacerlo durante el día. Hasta la fecha mi padre no ha querido hablar de Yolanda (mi hermana), ha suspendido la compra del periódico y la tele casi no se prende en todo el día. Nada de noticias. He perdido muchos amigos y dentro de la casa se respira aire pesado, apestoso, negro. He sentido que alguien se me queda viendo a la espalda, me detengo, miro de soslayo y no hay nada ni nadie. Ayer me pareció mirar una sombra, como un vientecito, como una mujer que se fue volando. Me quedé sin habla. Igual estube frente a Lobo durante casi cinco o diez minutos, quizás fue más tiempo. No lo recuerdo bien. Él parecía un loco. De pronto se paró en dos patas y empezó a caminar como si fuera un hombre. Quise correr pero sus colmillos aún asomaban al demonio. Me quedé frío. Quise llorar, correr, gritar..., quise hacer mil cosas pero ni siquiera mis dedos respondían, mucho menos mi boca. Papá no estaba en casa, de otra forma pude haberle llamado y éste habría traído el machete o la varilla, aún con sangre negruzca pegada. No hubiésemos matado a Lobo, claro está, aunque él tubiera los ojos, la piel o la cola del diablo. Le habríamos metido un susto. Cuando nos miraba matar ratas se la pasó aullando y no nos quitaba la vista de encima. No puedo decir que perro y ratas fueran amigos ni nada por el estilo, de echo en cierta ocasión Lobo amaneció todo mordisqueado, parecía que lo habían quemado vivo, lo extraño es que no escuchamos que se quejara durante la noche y madrugada. La carne se le veía roja, negra, morada, verde y tenía pus, mucha pus, nunca vi tanta pus en un animal. Lo inyectamos con antibióticos y le echamos una pomada que nos dió el veterinario. Se recuperó en tres días, elpelo le salió de repente, estaba, parecía tener pelaje de caballo pues era muy grueso y limpio, hasta en la oscuridad le brillaba. Era muy bonito. Pero no sé porqué me desvío del tema: Lobo no quería beber agua. Le temía como si ésta fuera lumbre. Me desconocía y yo también lo desconocía a él. Los gruñidos fueron en aumento. La lengua, su lengua claro, tenía un tono grisaceo como los ostiones. La mirada, esa mirada nunca la olvidaré, fue como si en realidad me estuvieran observando todas las víboras del mundo. Si Yolanda hubiera estado presente, juro por Dios que nada hubiera pasado. Ella me lo hubiera quitado de ensima "tu eres mis ojos, nunca te dejo solo, yo te cuido" parece como si la estuviera oyendo en mi oído, despacito, tierna, llorando. Los gruñidos y ladridos se confunden, es como el sonido que hacían las ratas al ser atravezadas por la varilla más mis gritos más los quejidos de Yolanda cuando estaba con su novio en el cuarto de ella, previamente cerrado por dentro. Todo daba como resultado un sonido espantoso. Los colmillos se entierran en la carne y no se siente nada, sólo un chorrito caliente que emana desde adentro. Lobo es más alto que yo, creció de repente, cuando se puso en dos patas me sobrepasó por mucho. La sangre, mía por supuesto, me cegó. Despues del dolor no hay nada, sólo el sueño y ahí es donde nacen las palabras que nunca salen de la garganta, claro, si aún hay una garganta "Lobo, Lobo. Soy yo. Te hablo. Lobo, porqué no me reconoces. Ya no hay ratas. Yolanda ahí viene, ahí está y te habla. Quítate. Me duele. Lobo, te habla Yolanda. Papá, papá. Quítame a lobo. Échenle el agua encima". Palabras que se pierden con la claridad del miedo, y el miedo luego sale huyendo para perderse en la oscuridad.




POR SERGIO IVAN RAMIREZ HUERTA

lunes, 15 de junio de 2009

EL RABIOSO





El hombre entró a la veterinaria tirando fuertemente de la correa que llevaba puesta su perro. Tuvo que detener la puerta con un pie mientras hacía fuerza por acercar al animal. Una vez dentro del local, el hombre, sacó un papel de la cartera y se dirigió directamente con la única mujer que atendía.
—Señorita, quiero que me devuelva los 800 pesos que pagué por este Pitt Bull. Al pasar de los días, me he dado cuenta de que no es lo suficientemente bravo como yo esperaba —dijo el hombre.
—Lo siento. Va a tener que esperar a que llegue el veterinario para que cheque al animalito. No podemos devolverle el dinero. Le ofrecemos a otra mascota que cubra lo que pagó usted —respondió la mujer.
—No puede ser, señorita, aún recuerdo lo que me dijo cuando vine muy interesado en adquirir alguna mascota salvaje: “llévelo, es un buen vigilante. Por las noches nadie se meterá a su casa. Desconoce y hasta puede matar a una persona si se le antoja”. Yo le tomé la palabra pensando que me llevaba un asesino en cuatro patas, pero nada de eso ha ocurrido.
La mujer se quedó pensativa un momento mientras los ojos de aquel hombre se clavaban en los suyos esperando alguna respuesta que satisficiera lo que andaba buscando. Ella no decía nada. Escondía la mirada pues no tenía ninguna respuesta que dar. Nunca llegaban clientes a devolver sus animales. Cada persona que salía del lugar se iba muy satisfecha por la compra que había realizado y nunca regresaba si no era para alguna consulta o comprar medicamento o comida.
—Mire, señorita, voy a ser franco —dijo después de unos minutos—. Yo ando buscando un perro que tenga espuma en la boca, los ojos rojos y mucha inquietud por morder, vamos, que tenga rabia. Lo compraré a buen precio. Quiero que ataque a alguien.
—A los perros que les da esa enfermedad los llevan a la perrera para que ella se encargaue del asunto. Ese tipo de animales los puede encontrar en la calle o en algún otro lado, señor. Pueden ser un peligro para sus hijos —dijo la mujer.
—No tengo niños. Solo quiero un perro bravo para dárselo a mi esposa. Ella me hizo algo hace un buen tiempo que yo, como hombre, no estoy dispuesto a olvidar. Yo les prometí a algunos amigos que me vengaría de alguna forma. Imagínese usted, señorita, como voy a quedar en caso de que no cumpla. “Aparte de cornudo, es un pendejo y un mentiroso”, van a decir. Imagínese donde va a quedar mi honra —dijo y apretó el puño que mantenía la correa—. Tampoco quiero matarla, para eso hubiera comprado una pistola o le pagaría a alguien.
Nuevamente la mujer no atinó a decir nada. Todo el local se quedó en silencio como si los demás animales sí hubieran entendido la frustración de aquel hombre y se hubieran callado para seguir escuchándolo.
—Por eso me urge, señorita. Este perro que me vendió sólo ataca a otros perros. Lo he dejado en el sol todo el día. Le he dado de comer chile. Lo he topado con otros de su raza y nada que se atreve a morder a mi esposa. ¿Cree usted que hice una buena compra? He derrochado mi dinero. En todo caso hubiera comprado un loro para platicar como lo estoy haciendo con usted. Ya no soporto las burlas de vecinos y amigos. Póngase en mi lugar, señorita. Cuando me dirijo a cualquier parte, incluso ahora que venía para acá, escuchaba como murmuraban y me dirigían miradas de burla. ¡Dígame dónde puedo conseguir lo que busco! —dijo casi gritando.
La mujer se quedó callada pues no sabía de algún lugar que vendiera perros o cualquier otro animal con rabia. Se puso nerviosa. Esperaba que entrara el veterinario o un cliente o cualquier persona para ir a atenderlo y pensar más detenidamente en alguna respuesta. El señor también se empezó a desesperar. Empezó a estirar al perro y éste hacía sonidos como si se estuviera ahogando. Luego le empezó a dar leves golpes en el hocico y a estirarle las orejas.
—Señorita, señorita. Le estoy hablando. Le pido por favor que no me ignore y haga algo que pueda servirme de ayuda.
—Ya le mencioné que no puedo hacer nada sino darle otro animal que cubra el monto que pagó por el perro. Le repito. Si gusta esperar al veterinario para que le de alguna solución diferente.
—Veo que no se puede confiar en las mujeres —dijo el hombre mientras acercó al perro.
La mujer empezó a caminar hacia atrás mientras el hombre la seguía con la mirada. De pronto tomó de la cabeza al perro y le soltó la correa. Instintivamente, el animal, se abalanzó sobre la mujer y la tiró. La mordía en los brazos, las piernas, la cara o cualquier otro lugar que estuviera al alcance. Los gritos de ella se confundían con el que hacían los pájaros y los cachorros que estaban enjaulados. Pasaron solo dos minutos que a ella le parecieron una eternidad. El hombre retiró al perro de entre un charco de sangre. Le puso la correa y salió del lugar como si fuera cualquier otro cliente.



La mañana del siguiente día, el hombre, se dirigió a comprar el periódico. Llegó a su casa y lo comenzó a leer. Se detuvo en la sección policiaca. El encabezado de la nota principal decía: “Furioso perro ataca hasta dar muerte a empleada de una veterinaria”. “Pinche perro. Nomás cuando quiere ataca. Si así fuera siempre. Lástima que mi mujer no es empleada de alguna tienda de mascotas. Voy a ir con mi madre a contarle mis problemas maritales, ella siempre tiene una respuesta, lástima que viva tan sola”, decía entre dientes mientras ponía atención a lo que venía en la nota. Voltió a ver al perro que se asoleaba en el patio. Soltó el periódico y se acercó al animal para darle unos golpecillos en el hocico y estirarle la cola, le puso la pechera con todo y correa. “Bien, cabrón, sólo te falta entrenamiento”, le dijo al perro y luego salió.
—Vieja, al rato vengo. Voy a visitar a mi madre. No creo tardarme tanto—fue lo último que dijo.




Por Sergio Iván Ramírez

lunes, 11 de mayo de 2009

EL EQUILIBRISTA



Helada noche de abril
la tercera función
su algarabía callaba.

Era un hombre en un hilo
que detenía miradas,
luciérnagas de una caja
en rueda lo envuelven,
todos miran y nadie habla
mientras el hombre
dibuja el miedo en el aire
y fríos, los rostros miran
piruetas y caracoles.

El actor del equilibrio
en su escenario de alambre
un juego triste inventa:
dará mil pasos sin vara,
con los ojos tapados
y con el alma muerta.

En el aire de suspenso
risas al olvido pasan.
Palcos, gradas y plateas
sus aplausos enmudecen
mientras el caminante
allá va, ciego y tonto,
mitad cielo, mitad suelo
que el vértigo alimenta.

Mientras detiene el tiempo
de nada pende.
Paso a paso lento viene
por el filamento hiriente.
¿Qué tiene, qué tiene?
Se para inconsciente.

Cual broma del viento
el ave doblas sus alas.
Los cascabeles callan.
La oropéndola humana
de la nube se avienta.
Canto y llanto contrastan,
los latidos se detienen.
Un fantasma lo persigue,
volando en picada avanza.
Los aplausos apagados
por un fuerte golpe,
y corre el vocerío
que en círculo se planta.

La tragedia al fin lo alcanza,
el pájaro no hace ruido,
se detiene el espectáculo.
Ahí es cuando abril se apaga.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta




viernes, 1 de mayo de 2009

ENTRE CIGARROS Y DIABLURAS ANDA DON TEODORO

Don Teodoro es uno de los más longevos de la colonia. Tiene una tiendita con muy pocas cosas pues hay un OXXO a media cuadra que le ganó casi toda la clientela. No cualquier tema es de su agrado. De política no habla porque “todos son una bola de rateros” y los deportes "son para gente sin quihacer”, dice. Total. El único tema que de verdad le apasiona es hablar de espantos, aparecidos, leyendas y cosas por el estilo. Hace poco puso unas mesas de billar. Es común que cada tarde esté medio llena su tiendita pues surgen las retas y hay mucha raza muy picada para eso. Los que no, pues se la pasan fumando cigarro tras cigarro. El humo hace toda una nube. Don Teodoro no para de contar historias, la mayoría ya son bien conocidas por nosotros pues no las ha dicho una y otra vez. A veces dudamos de que sean ciertas, pero la forma en que las cuenta nos hace suponer que sí.
—A mí una vez se me apareció el diablo, muchachos —dijo don Teo—. Yo estaba chavo, así como ustedes. Me topé con él, fue una cosa bien fea.
—Algo ha de haber andado haciendo —interrumpió “El piojo”, uno de los más enfadosos de la banda—. El diablo nomás se le aparece a los que andan de cabrones, don Teo.
—Ese día yo me salí de la casa muy enojado con mi mujer. Me fui a echar una cervecita a la cantina y ya pa´ cuando regresaba venía yo medio “entonado”. Era ya bien noche y aun no me tragaba el coraje que me hizo pasar mi vieja, pensaba en llegar a casa y darle un “correctivo”. Venía caminando por el Ojo de Agua y no sentí cuando se me emparejó un tipo. Pa´ serles francos no recuerdo como estaba vestido pero olía mucho a azufre. “Dame un cigarrito, Teodoro”, me dijo. Yo no quise ni voltear a verlo, nomás saqué la cajetilla y se la di. “¿Con qué lo voy a prender?”. Ya como venía medio entonado pues me di valor. Saqué de la bolsa los cerillos y prendí uno a la altura de su boca. Donde voy viendo un rostro como de chivo pero todo colorado, tenía una sonrisota que no le cabía en la cara y los ojos parece que se le iban a salir. Le miré los pies, tenía una pezuña y una pata de gallo. Me agarró del pescuezo “con que muy valiente pa´ pegarle a tu vieja”, me dijo. A mí hasta lo pedo se me quitó. “Vamos a ver si conmigo puedes, a ver defiéndete porque te voy a meter una chinga”, siguió diciendo. Me soltó y al momento sentí que me salieron alas, corrí como despavorido por toda la calle y cuando voltié aquel bulto ya no estaba. En su lugar divisé a un perro negro que se me quedaba viendo, tenía lumbre en los ojos y se estaba riendo.
—Y usté pa´ donde corrió —otra vez interrumpió “El piojo".
—Pa´ serte sincero, no sé ni pa´ donde, no sé ni como llegué a la casa. Nomás recuerdo que el corazón parecía que se me iba a salir. Estaba todo pálido. “Mírate nomás como vienes de borracho”, dijo mi mujer. Yo nunca le conté nada. Nomás me dormí y no volví a tomar en un buen tiempo.
La reta se suspende momentáneamente cuando termina la anécdota. Siempre se hace el silencio y nos volteamos a ver unos a otros.
—¿Entonces ya no bebe, don Teo? —Alguno preguntó.
—Sí, todavía me tomo mis copitas. Lo que ya no hago es regalar cigarros, no vaya a ser el diablo y mis piernas ya no están como para echar carrera. Así que ya les advertí. No me pidan “fiados o regalados” porque no hay.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta

viernes, 24 de abril de 2009

FELIZ CUMPLEAÑOS, FELIZ 24 DE ABRIL

Hoy me dispuse a escribir algún cuento para subirlo como post. Me detuve unos momentos que pasaron a ser minutos tras minutos. Las letras desaparecieron y dejaron de nuevo la hoja en blanco. Pensé en mí y lo escrito no volvieron a ser palabras sino recuerdos y sueños aun por lograr. Gracias a todos los que estan o han estado cerca de mí y me han alentado para seguir adelante. "Nunca claudiques", dijo el fenix y entre llamas se fue volando.

Despues de algún rato he llegado a la conclusión de que me encuentro contento mas no satisfecho. Gracias...


Sergio Iván Ramirez Huerta

viernes, 27 de marzo de 2009

Tianquiztli del jueves (mercado sobre ruedas)

Lindo día o noche, según sea, a todos los que visitan mi blog. Cerca de mi casa hay un tianguis que ha elegido el día jueves para ponerse. Este post lo pensé poner hace dos días, pero por cuestiones de trabajo escolar no había podido hacerlo. Les pido una disculpa adelantada y me retiro dejándoles mi último escrito.



“La vida se hace en las banquetas justo al salir el sol, y muere cuando se acaba el día”, me dijo el comerciante que tapizaba toda la cera con un sin fin de cachivaches, “hay quienes se mueren de hambre, pero nunca falta quien se resista. Yo soy un guerrero”, dijo y voltio su cabeza para seguir trabajando.
Conforme se va adentrando en el tianguis, uno, se va convirtiendo en una especie de callado escupitajo dentro de un océano de voces que van y vienen sin rumbo fijo. La gente, que se cuenta por cientos, camina como embrutecida por la belleza de colores y aromas que simulan algún cuadro Hippie. Viajar al mercado sobre ruedas es tanto como volver al pasado. Un pasado que refleja lo necio de un espíritu que no acaba por sorprendernos. Ya no encontraremos, como en la en la época de la colonia, piedras preciosas ni plumas exóticas o mujeres que se intercambian por un costal de papas o cinco chivas, jade o caracoles. Aquellos ecos inmemoriales han sido suplantados por estos:

“Lléveselos, sirve que hago la cruz, ándele, señora”. “recién me los acaban de traer, están bien pintaditos y no son de fantasía, pura artesanía de la buena. Chéquele para que vea”. “Una limosnita por caridad”. “¿Anda buscando herramienta pa´l carro? Aquí tenemos”. “Haaaaaaaaaaaaay carnitas, lleve las carnitas”. “A diez pesos lo de la tarima”. “Lleve el cono de nieve para la niña y el niño”. “¿Cuánto ofreces? Bien, dámelo”. “Ya no le puedo bajar de precio”. “¿Se lo cuido, joven, también le echo una lavada?”. “Lleve el dulce de biznaga. Chicles, cigarros, chocolates, cacahuates, palomitas”. “Pásele, pásele”. “Tenemos toda la verdura que anda buscando”. “¿No va a llevar churros?”. “La extraaaa, periódico La Clave, La clave. Vanguardia”. “¿Le echo salsa y limón?”. “Veneno para las ratas y las moscas”. “Deme una moneda, por favor”. “A cinco pesos las papitas y los chicharrones”. “Elotes, llévelos calientitos. Conchitas y nachos. En vasito”. “Dónde quedó la bolita. Adivine y le doy lo doble del billete que ha puesto”. “Le pongo grasa a sus zapatos, maestro?”. “¿Se la sirvo de mango o de horchata?”. “Tenemos tenis Nike, Adidas, Fila y Puma. Todo original”. “Vara-vara. Vara-vara”. “¿Me das pa´ un taco?”. “Adiós, mamacita, que linda estás”. “¿Buscas short’s?”. “Películas y música pa´ que no te aburras, amigo, ya tengo los estrenos”. “Nopales del rancho de la Angostura”. “Chiles piquín, de árbol, serranos y hasta habaneros en escabeche”. “Hierbas de olor, ruda, anís, árnica, tila, orégano, menta, eucalipto...”. “¿Le sirvo otra orden de harina o de maíz?”. “Cotorritos y loritos a cien pesos. Los cardenales son más caros”. “El trajecito de niño dios, velitas, velas grandes, confeti, sillita...”. “Pollitos de colores, pa´l chamaco”. “Flor de palma y cabuches. ¿Ya llevó comida para cuaresma, señito?”. “Patrón, traigo un estéreo para su carro, con bocinas y toda la cosa. Deme 400 pesos. ¿cuánto trae?”. “Un cachito para que te lleves el premio mayor, mi buen”. “Una cooperación para que la banda siga tocando”. “Baratas las bicicletas”. “nomás traigo 35, ¿se hace o no?”. “¿Amarillo o rojo?”. “Tiernitas, tiernitas las calabazas”. “A veinticinco varos la docena de gorditas”. “Pura ropa de marca. Está barata para que se la lleve”. “Helada o al tiempo. Está fuerte el calor”. “No te lo puedo bajar más de precio. Lo que te dije es lo último”. “Échame la mano. Hoy por ti y mañana por mí”. “Ahorita te consigo unos de tu talla. ¿Me dijiste del número 9 verdad?”. “La chalupa, el venado, las jaras, el cotorro...”. “Cumbia, cumbia, cumbia. Con los Vallenatos”. “Ahí me los debes para la vuelta”. “Los monos de peluche son nuevos, algo dañaditos por la movedera, pero nuevos”. “Televisiones, DVD´s, modulares... Todo se lo damos en quincenas”. “Quesos y chorizos”. “Controles remoto RCA para su televisor. Los traemos rebajados”. “Poster´s de Gokú y de la selección mexicana de fut-bol”. “Ropa. Lleve el pantalón para usted, señorita. Una camisa para el esposo”. “Güerita, tengo un ofertón para ti, ven”. “Hoy no traigo libros ni revistas, pero la próxima semana cargo con dos o tres cajas que dejé en la casa”. “Llévele, llévele. Ya casi nos vamos”. “¿Le sirvo la otra?”. “Este pay es casero. Los pasteles también. La vieja receta de la abuela”. “Viene, viene, viene. Quiébrate. Tuerce todo el volante”. “Todo te lo dejo a precio, señorita, todo al menor costo. No vas a encontrar mejor calidad ni el más bajo costo”...

Después de las compras vienen los oídos tapados y la garganta seca. La tristeza y el silencio regresan cuando uno se retira a su hogar, entonces el mercado sobre ruedas tendrá que pensar en su nueva ubicación. Cada semana repite su itinerario como el astro repite su travesía. “La vida se hace en las banquetas justo al salir el sol, y muere cuando se acaba el día”.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta

miércoles, 18 de marzo de 2009

UN RECUERDO

Recordar es la única manera de detener el tiempo.
Jaroslav Seifert


De pronto se quedó solo, recordaba.
La negrura de la noche
jugaba al ajedrez con el silencio,
había náufragos en una cama
y éstos hacían olas con sus cuerpos, desnudos,
y nadie, excepto abril, los miraba.
Poca sangre en los secretos
de las sábanas calientes
escurría para perderse como el eco.
Dos cuerpos que detenían el tiempo
para después comerse a besos
y amarrarse con las piernas.
Los gemidos bailaban
encendiendo la carne brutamente roja.
... y un orgasmo que no llegaba.

Aun estaba solo y seguía recordando,
tenía en su memoria las formas femeninas
de una flor que no se borra.
Él era un caballo desbocado, perdido,
corría descalzo por un abdomen blanco,
por unos senos palpitantes y sencillos.
El mundo gritaba desafinado
cantando palabras prohibidas
y ellos no se daban cuenta.
... y un orgasmo de pronto llegaba.

Tal parece que los recuerdos lo adormecían,
entonces él estaba con ella.
Ahora su mente está partida,
y sonríe, porque se percata
que una margarita, en el recuerdo, se deshoja.


POR SERGIO IVAN RAMIREZ HUERTA

jueves, 5 de marzo de 2009

Pectinicülus, domador de leones




—Si no fuera por este circo, por más amolados que ándemos, quién sabe onde andáramos. Yo no sé ler ni escrebir. Tal pareciera que yo nomás vine a nacer pa´ domar lo mismo leones que cocodrilos o perros o lo que me anden poniendo en el frente. Es duro pesado y mucho miedo tenerlos cerca de la vista de uno. Mucho miedo del bueno. Chicote en mano derecha y la izquierda con el “escudo”. Pa´l tal “escudo” ese que venga una silla o la lámina de mi traila que pongo de puerta porque no tengo. Digo, ahí me duermo como buki que no quiere pelar los ojos por estar bien mucho a gusto. Bueno, se mete el frillazo y así nomás lo tapo cuando se viene con todo y no avisa. ¿Y pa´ qué? Da igual donde me dé la nochi o la alba en la mañana de madrugadita cuando va clareando. Te decía. Te digo que ahora no me presto ya más pa´ la bebida y desvelada y menos hora que ya está pa´ luego nomás viéndome qué hago y qué no hago. Si anduve por los Japones y las Argentinas de los Montes, acá en lo alto de ellas donde casi no viven gentes. Camine que camine me la pasé de unas familias en sus casitas y luego haí te voy a otras como si anduviera buscando mendrugos. Cambie y cambie de hospedancia. Comía en donde y de lo que fuera “que hoy no hay, pos no hay y ya a amarrar tripas aunque rechinen”, “que ahora sí, sí y sí, po´s venga tragazón a la boca y más vale que te llenes porque a la mejor mañana no la vivimos pa´ contarla”. ¿Zapatos? Que luego estorban. Ya uso porque no sé de otra que salir pa´ la jaula y entonces me ven y qué han de decir. Que digan esto o aquello no pasa nada pero ya lo ves cómo son. También me han dicho que no es de nombres el mío, “que mira lo que trais de cómo te hablo”, “no, yo no me gusta decirte así, nunca. Te diré como quieras, pero no así como te nombran”. Pectinicülus. Pectinicülus, qué fregados les cuesta de abrir la boca como mis animales que domino en sus banquitos pa´ decir lo que no quieren. Si ellos hasta he pensado que me están hablando en un idioma que no se les entiende muy bien, así como de los diablos o no sé. Nunca he oído hablar a los diablos pero han de ser bien que iguales con gemidos y bramidos y gritos y ganas de matar y tragarse todo ensangrentado. No les gusta que vengan y se metan y los quieran querer otros que no venga a ser yo. Así te lo digo. A mí me costó ¡puta! Un chingamadral de tiempos de días que ya no me acuerdo cuántos fueron. Total, que me los vine a ganar de poquito a poquito. Como que yo nací, mira pues, con un don que vengo a pensar me lo aventó un brujo allá en las selvas donde anduve de morro ya hace mucho o si no es de ahí entonces no sé de dónde lo pude agarrar. A mí me hacen caso. Ellos me han de entender y no las gentes que hacen como que sí y en verdad no. Se hacen como muy entendidos y pa´ nada. No soy pa´ traparme al alambre o a la llanta pa´l pedaleo, me caigo y ya no habrá ni jaula ni miradas ni papilla. Yo nací así como me ves y tú así como estas, pa´ qué nos vamos a sentir lo que nunca seremos ni somos. Tú tu talento y yo el mío. La primera ves que me metí con el chicote apretujado de la mano, se me voltiaron los guevos pa´l lado de las nalgas y así me aventé la función. Cuándo había yo estado así como te digo. Nunca lo pensé pero si no lo hago yo, po´s a quién van a meter pa´ que lo maten y luego, a nosostros, se nos acabe la forma de vivir. Y ellos, los leones, eran entonces como una docena que siguen siendo hasta ahora. Uno que otro más pero es la misma chingadera que viene al caso “uchile pa´ allá, pa´ allá, váyase, ¡que sube por las escaleritas acomodadas y luego un salto! Saludo, ¡gruñido y vuelta como perro! Uchile, a su caja. El que sigue”. Así es todos los días de función. Los leones son los mismos y yo también. Son como el encanto de los animales entendidos que pa´ luego les hablo y me hacen caso como hijos que, claro, no quiero tener ni tengo pero a veces sí me los imagino conmigo a mi lado. Se trepan y encajan garras “que haste pa´ allá”, y se van ya cuando clavaron y sacaron la sangre pero ellos no saben de cuál daño que han de hacer. Cuál. La sangre es sangre y no la huelen a lo menos que seas un venado, uno de esos que saltan como pescados pero en la tierra. Cuando me enfermo no hay enfermedad que me acueste. Ya. Ni bañarlos ni nada a manguerazos porque luego se enojan y se desquitan. Ya no sería la sangre sino la carne toda negra y tarda en cerrarse. Mañana será la otra y entonces te sigo contando. El día viene y hay que salir a dar los huesos pa´ que los perros de las miradas en las butacas nos coman o nos entierren en cualquier arenal.




Por Sergio Iván Ramírez Huerta

lunes, 23 de febrero de 2009

La señito del mercado



—No, no, no… Ya la vendimia aquí en el mercado no da pa´ vivir. Hay que chingarle, chingarle y chingarle y aún así no sale, pero pos´ ni modo de morirse uno de hambre. No, no, no hay más. Si la cosa está dura. Y dicen que se va poner pior. ¡Hay Jesús Bendito! A ver di a como nos toca.
No, no, no. Tengo de todo pos´ por que nomás no se me vende nada de nada. Los santitos, el olor a incienso de no sé qué, el cránio y los demás huesitos que ahí se divisan nomás son pa´ apantallar. Ya casi no se vende nada, no, ya no, ya no como más antes. No es que la gente ya no sea créida sino que muy apenas les alcanza pa´ comprar frijolitos, y eso cuando hay, una bolsita de chile y ya de por sí medio kilito de gordas de máiz. Ya las di harina ya son un lujo. ¿Usted cree que tendrán dinerito pa´ venir a que yo les lea las cartas? No, no, no. Aquí en el Mercado Juárez ya está todo muy apenas, muy apenas sale pa´ vivir o más bien ya no pa´ vivir, más bien pa´ irla pasando y ya. No le digo nomás. Cuando vienen los gringos nomás toman fotos y fotos y fotos pero no compran nada, nada, nadita. Son más agarrados que la chingada, son rete agarrados los cabrones.
Uy, si bien me acuerdo comostaba antes aquí en el mercado. Feo, feo diatiro, ¿se acuerda, joven? Antes hiedía a petate-carne podrida-pinol- baño sucio-pescado-chicharrones-pie de atleta-manteca requemada… Haga de cuenta todos esos olores al mismo tiempo. Y eso no es nada, no, no es nada. Si yo le contara. Las cucarachas eran del tamaño de mi mano, d´esta mano santa que tengo, y cuando las apachurraba uno, tronaban como truenan las nueces. No, no, no. Con decirle que las ratas se comían a los gatos, así le digo. La virgen me ha de perdonar, pero aquí era un desmadre, un vil desmadre, no, no, no. Pero aún así, fíjese, había más gente que la que hay ahora. Es que Saltillo ya no es un rancho, no, no, ya está re grande. Aquellos tiempos de antes ya quedaron atrás. Las Sorianas y los Walmars y esos Sams nos están fregando la clientela re feo y las ventas ni le digo. Mal, mal, todo va de mal en pior. Y esta sociedat cada vez más tirada a la basura. Verá usted. Hace poco llegó un muchachito, ancina casi como usté, de verdá, tendría unos 18 o 20 años más o menos “buenas tardes, siñora, ando buscando la planta de los dioses”. Esa planta nunca la había óido yo mentar, nunca: “tengo manzanilla, istafiate, árnica, ruda, malva, sábila, eucalipto, gobernadora, yerbabuena...”, “ándele, ándele. D´esa mesma mero ando buscando, deme 30 pesitos de pura yerbabuena”. No pos´ yo agarré tres manojitos, ya que los vendo a diez pesitos cada uno, los eché en un periódico viejo que andaba por hai, lo hice rollito y se lo di. Aquel me pagó y se jue. Yo apenitas ´taba haciendo la cruz a mi Dios Padre cuando aquél regresó y me dijo: “yo no le pedí esto, no mame”. “Cómo que no, me pedites 30 pesos de yerbabuena. Acuérdate”. “No, no joda, yo pedí “hierba-buena”, “mota”, “marihuana”, “de la verde” pa´ que me entienda. Chingado cabrón muchacho. Ya para no hacerle largo el cuento. Le devolví los 30 pesos y éste se jue a buscar su mierda pa´ otro lado. Dejé la cruz a medias y eso es de mala suerte. Muy mala suerte. No, no, no. Cada vez todo ´ta pior y dicen, usted no me crea, pero dicen que esto se va a poner que pa´ qué le cuento. Uno hace su luchita, pero por más que l´haga no sale, no sale. Usté, joven, usté que está léido no tiene por qué mortificarse, uno sí. Uno pos´ no tiene ni velas pa´ su entierro contimás pa´ darse una buena vida. No, no, no. A ver que nos espera más delante ¡Jesús Bendito!




Por Sergio Iván Ramírez Huerta


jueves, 12 de febrero de 2009

ESPEJO ALUCINANTE


El siguiente poema lo hice pensando en una mujer mexicana que una vez dijo "yo conocí a Pablo Neruda y no sólo era un superdotado como poeta". Una mujer que tomaba un collar gratuito del tianguis (del náhuatl tianquiztli 'mercado')como si fueran los cascabeles de un chiquillo caprichoso y llorón. Le cantó a Dios, la soledad y la muerte como si el sensontle se quedara mudo ("cuando el sensontle canta, el indio muere" Película mexicana Tizóc). "Hice el amor/ en do mayor". Las palabras entran como sonsonete a la cabeza hueca. Bueno, aquí les dejo mis insignificantes versos, porque eso son. "En los años 30´s yo era la mujer más bella de México, bueno, en realidad no lo era, pero sí la más inteligente".




"Que todo morirá cuando yo muera,
imposible pensar de otra manera"
A Pita Amor


Huérfanos ya tus poemas en el canasto
pelean sin misericordia
y se visten de blanco
porque son las novias de los mimos.
Recitaré cualquiera, al azar,
tus musas vienen a mí
montadas en perros sarnosos
y traen, todas, look de brujas despeinadas.

Eres la niña más vieja
pero niña a fin de cuentas,
usa tu capa morada,
enfrenta a Dios
con tu lápiz favorito
y tu voz de tren ligero.

Pescaremos todos los siglos del mundo
con una red
o con una caña de pescar
o con un guante de seda,

qué más da.

También me quitaré las medias
y mi calzón de corazones verdes,
¡seamos libres!,
más labial a tu boca
y menos arrugas a tus versos
que tu belleza es casi virgen, casi.

Tu orgasmo de granada
lo adornan los títeres colmilludos e infantiles
que cuelgan de los clavos oxidados
en tus paredes descoloridas.

Toda el agua estancada de un pozo
que haz llenado con tus lágrimas.
¡Anda, siéntate, hablemos de amor,
llamemos “Manuel” a los angelitos
y “locos” a los mortales!

Mil rosas quieren marchitarse en tu sombrero
cual amantes,
cual enamorados o pretendientes
que se pasean en tu bastón
parecido a una espada de guerrero.

Juguemos a ser poetas
¡anda, Pita, juguemos!
¿Tú quién quieres ser?
está bien, serás, como dices,
"...la dueña de la tinta americana"
y yo seré... cualquiera.



Por Sergio Iván Ramírez Huerta




Pd. Les recomiendo que le echen una visita y leída a la interesante biografía de la poeta en cuestión. Para algunos será una loca y, para otros tantos, tambien fue una loca, pero, "la más grande de ellas"


miércoles, 4 de febrero de 2009

Las lunas del panadero

(Cuento inspirado en la leyenda saltillense "El Perro Negro")




—Ese ancianito que ven ahí es una vieja perdiz harinera. Es el mejor para batir la masa y tiene tacto de cirujano para el horno, desde que yo recuerdo, nunca se nos ha quemado un bolillo o una concha. "Don Chago" sabe que aquí hay que levantarse temprano. Las tortillerías abren más tarde que nosotros; pa´ cuando ellas vienen del molino, nosotros ya hicimos las teleras. Lo mismo da que sea día de la Revolución o viernes santo, ese de quien les hablo nunca nos ha dejado abandonada la chamba, ha llegado "crudo", lo acepto, pero aún así hace su rutina con esmero, parece que nació con este único destino, como si Dios lo hubiera echo de puro trigo y para el trigo. Las arrugas que se le ven no son de cantinear por las noches, yo lo digo porque lo conozco desde joven, se ha dado sus quereres y sus alipuces, pero nunca pierde la cordura, bueno, eso me consta de las pocas veces que nos hemos desmadrugado juntos, quién sabe andando solo.

—Ya, ya, ya. Que sea menos. ´Ta bien que el muchacho aprenda a hacer cuernitos o conchas, pero lo vas a aburrir poniéndole aumentativos a mi persona. Bien sabes que me encanta el chupe desde morrillo y pa´ las viejas soy un vicioso, mejor cuéntale cuando comenzamos aquí en la panadería. Decíamos que haríamos las entregas pa´l lado del Puente de Guanajuato, bueno, así se llamaba entonces, ahora se llama la calle Gómez Farías. Todavía recuerdo bien, esta panadería era la única cercana al Ojo de Agua. El pan se vendía, ahora sí que como dice el dicho: "como pan caliente". Las ´inches entregas las hacíamos en la madrugada, como a las cinco o cuatro y media, nomás los gallos y los ladridos de perro se oían a esa hora. Me montaba el canasto en la cabeza y ahí me veras caminando y temblando del frío...

—Las entregas las hacíamos a pata, nada de bicicleta ni chingaderas por el estilo. Las calles estaban empedradas y oscuras, así que llevábamos a la virgen en la garganta. Caminábamos como si corriéramos. No había muchas casas pero sí muchos tragones. La gente se levantaba a la hora de las gallinas, por eso teníamos que ganarles o tomarían su café con pura azúcar y leche. Cuéntale "Chago" lo que te pasó, porqué nunca más volviste a llevar el canasto pa´l lado del arroyo. Aún me acuerdo de tu cara pálida con la que regresaste.

—No me vas a creer muchacho. En aquel entonces yo era el "entregapan oficial pa´ la única tienda que hay pa´l lado del Arroyo". Yo era muy chavalo, tendría unos 14 o 15 años nomás, siempre se me pegaban las cobijas, así que pa´ cuando llegaba a la panadería pues luego luego me mandaban a llevar el producto. Ya me había acostumbrado a levantarme tarde y por lo mismo a subirme el canasto a la cabeza. Entre el miedo y la noche iba y venía rápido. Cuando llegaba a la empinada calle Real de Santiago ahora Gral. Victoriano Cepeda, en cierta ocasión se me emparejó un perro grandote y negro, no me amenazó ni nada. Casi me orino del espanto. No pude correr, me quedé petrificado, dije "me va a morder de los guevos y yo con las manos en el canasto". Lo único que se me ocurrió fue agarrar un pedazo de empanada y aventárselo. El perro pa´ luego se la tragó y empezó a mover la cola. Se me quitó el miedito de volada. Le aventé el otro pedazo, se lo comió y hasta me acompañó unas dos o tres cuadras. Al siguiente día se me emparejó de nuevo, yo ni lo había visto. Pa´ cuando lo sentí casi me saca un pedo. Le aventé una dona y asunto arreglado, movió la cola y me acompañó las mismas cuadras que un día antes. Al siguiente día le aventé un ojo de buey. Al otro un chamizclan. Una semita, polvorón, barquillo, peineta, banderilla, churro, chilindrina, rollo, bizcocho, campechana..., en fin, de todo comía aquel animalito. Ya le había agarrado arto cariño. Una cuadra antes de llegar a donde siempre me esperaba mi canino amigo, yo iba preparando la pieza que no fuera repetida al día anterior. Ese perro probó de todos y a ninguno le hacía el feo. Dónde, una vez me levanté bien tarde y córrele pa´ la panadería, llegué y me dio un buen regaño el patrón, casi me corre y yo con qué le iba a salir a mi madre, ni modo de decirle "me corrieron por guevón, mamita adorada". Agarré el canasto y me fuí bien encabronado pa´ la tienda del Arroyo. De pronto se me emparejó el perro aquel. Yo no tenía tiempo pa aventarle comida. Iba yo bien apurado y bien enojado. Me agaché para agarrar una o dos piedras de la calle, esperé a que se descuidara el animalito y le di sendo chingazo que al sentirlo aventó un aullido retefeó, como cuando están matando a los marranos. Gritó como nunca había oído yo. De pronto me vio y sus ojos eran dos flamas rojas. Me enseñó los colmillos y desapareció en una nube apestosa a azufre. ¡Puta madre! Aventé el canasto lleno de pan y corrí calle abajo como si me fueran a matar. Todavía estaba bien oscuro. No sé como llegué, dicen que parecía fantasma por lo blanco que estaba. Nunca más volví a llevar pan. El patrón me dijo que la única manera de seguir en la panadería era levantarse temprano para ir al corriente con todos y que le dejaría la entrega al próximo que llegara a pedir trabajo. Así lo hice. Desde entonces aquí me verás: cuando las brujas o diablos se van a dormir, yo fabrico el pan para los que aún duermen.

—Así que ya sabe, chamaco, agarre el canasto y vuelva pronto por que aquí hay muchas cosas que hacer. No te tardes, no vaya a ser el diablo... en forma de perro come-pan.

Por Sergio Iván Ramírez Huerta


"El Perro Negro" se encuentra en la obra Leyendas del Saltillo Antiguo de José de Jesús Dávila Aguirre.